Los 75 años del Concurso de Elegancia de Pebble Beach que consagraron el clásico

Nació en 1950 como complemento de las Pebble Beach Road Races y con el tiempo se convirtió en el tribunal que fija qué se considera un clásico. Sus jueces han visto pasar 75 años de gusto y también cambiarlo.

Setenta y cinco años después de la primera parrilla, el Concurso de Elegancia de Pebble Beach sigue dictando qué es un clásico y qué no lo es.

La cita de agosto en la península de Monterey no es una exposición de coches bonitos: es un tribunal. Lo que se premia en su green se revaloriza en los meses siguientes, lo que se ignora tarda años en recuperar el favor del coleccionista, y lo que entra por primera vez en el programa de clases cambia de estatus para siempre. El 75º aniversario del certamen ha servido para comprobarlo una vez más.

Con motivo de la efeméride, cinco nombres que han hecho el concurso desde dentro han dejado su testimonio en las páginas de Sports Car Market: Miles Collier, fundador del Revs Institute; Chip Connor, expositor y vencedor de un Best of Show; Ken Gross, juez desde hace 36 años; Bruce Meyer, fundador del Petersen Automotive Museum; y Glenn Mounger, presidente emérito del certamen. Leídos en conjunto, sus recuerdos describen algo más que nostalgia: explican cómo una carrera de carretera terminó siendo el árbitro mundial del gusto.

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Las claves de esta historia

  • Lo más importante: el Concurso de Elegancia de Pebble Beach nació en 1950 como complemento de las Pebble Beach Road Races y acabó convertido en el tribunal que fija qué se considera un clásico.
  • No te lo puedes perder: en 1997 el concurso abrió una clase para hot rods históricos, un territorio que fue tabú durante décadas; de ahí salieron el ‘Kookie Kar’, el Mercury ex-Bob Hirohata y el Mercury de ‘Rebel Without a Cause’.
  • Cifras y datos: Ken Gross suma 36 años como juez; Chip Connor no falta desde 1983 y ganó el Best of Show en 1997 con un Talbot-Lago Teardrop de 1937; Bruce Meyer asiste desde 1974. Fuente: los testimonios recogidos por Sports Car Market.

De la carretera abierta al green: así nació el rito

El concurso debe su existencia a una carrera. En 1950, el deporte del motor se practicaba sobre trazados improvisados, y aquel fin de semana se repartía entre las Pebble Beach Road Races, disputadas sobre carreteras públicas, y un concurso de elegancia que servía de complemento social. Las carreras no sobrevivieron a la primera mitad de la década; el concurso sí, y encontró en la hierba su razón de ser. De aquel origen quedan el nombre, la fecha de agosto y una geografía —cipreses, olas y luz dorada— que forma parte del espectáculo.

La preeminencia mundial llegó después, de la mano de dos hombres, Jules Heumann y Lorin Tryon, que durante décadas ejercieron de guardianes del criterio y convirtieron un encuentro local en la referencia internacional que sigue siendo. Luego llegarían Glenn Mounger y Sandra Button, y con ellos un comité de selección implacable y un jurado de especialistas que examina cada inscripción como si fuera la última. Chip Connor conoció el concurso en 1983 y desde entonces no ha faltado a una sola edición.

Pebble Beach no premia coches: certifica procedencias, y en el mercado del clásico la procedencia es la única moneda que nunca se devalúa.

El rito tiene su liturgia. El jueves anterior al domingo, el Tour d’Elegance saca a la carretera los coches que luego se juzgarán en el green, y expertos y curiosos aprovechan para tomar posiciones. El domingo, al amanecer, cuando el sol tiñe de dorado una pradera vacía, llega ese instante que Miles Collier describe como el verdadero regalo: la grandeza del conjunto, antes de que aparezca el público. Para él, el año se divide en un antes y un después de Pebble Beach.

Ningún detalle del green es casual: cada croma, cada tapicería y cada tornillo responden a una investigación que empezó años antes del domingo.

Cuando el hot rod entró en el green

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Foto: pebblebeachconcours.net/

Durante años, un hot rod sobre la hierba de Pebble Beach habría sido una herejía. El público tradicional quería Delages, Delahayes y Duesenbergs, no chasis de Ford modificados en un garaje californiano. Bruce Meyer se empeñó en lo contrario y, a fuerza de insistencia, convenció a Heumann y Tryon de que existían hot rods auténticos con historial en los lagos secos y custom cars documentados en las revistas de la época. En 1997 el concurso abrió su primera clase para ellos, y el certamen ya no volvió a ser el mismo.

Lo que ha desfilado desde entonces mide el alcance del giro: roadsters y cupés Ford de 1932, hot rods de competición como el ‘Eliminator’ de Duffy Livingstone o el ‘Stovebolt Special’, custom cars de preguerra, una clase entera de Mercurys recortados de 1949 a 1951 —con el Mercury de ‘Rebel Without a Cause’ y el ex-Bob Hirohata restaurado por los mismos hombres que lo construyeron—, el ‘Kookie Kar’ de Norm Grabowski, protagonista de la serie ’77 Sunset Strip’, y el ‘Outlaw’ de Ed Roth, cedido por el Petersen Automotive Museum.

No fue una concesión estética. La cultura del hot rod había formado a pilotos como Phil Hill, Dan Gurney y Carroll Shelby, y había hecho célebres a preparadores como George Barris, Dean Jeffries y Gene Winfield. Ignorarla equivalía a ignorar una parte de la historia del automóvil americano, y el premio Dean Bachelor, impulsado por Ford, sirvió para reconocerlo. Ken Gross ha comisariado además clases tan dispares como Tatra, Tucker, Moretti, los Miller de competición, los Ford GT40, los Porsche 917 o los conceptos de formas afiladas.

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Lo que Pebble Beach enseña al mercado del clásico

El valor de un clásico se dirime en muy pocos escenarios, y este es el principal. Un Best of Show o una victoria de clase funcionan como una certificación pública de autenticidad: el jurado examina bastidor, historial y estado, y ese veredicto acompaña al coche en cada subasta posterior. De ahí que muchas restauraciones se planifiquen con el reglamento del concurso en la mano. La pátina, el numbers-matching —motor, caja y chasis con sus números de fábrica— y la procedencia documentada pesan más que el cromo recién pulido.

Hay un efecto más interesante, sin embargo, que se produce aguas arriba. Cuando el concurso abre una clase, el mercado reacciona: reaparecen coches que nadie se molestaba en restaurar y los especialistas recuperan técnicas casi perdidas. Sucedió con los hot rods en 1997 y ha vuelto a suceder con cada categoría nueva. El propio Ken Gross lo ha señalado: el campo se amplía, los aficionados salen a buscar coches elegibles y la restauración empieza mucho antes del domingo.

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Glenn Mounger, presidente emérito, insiste en lo mismo desde otro ángulo: lo que convierte el concurso en una experiencia irrepetible son las personas. La familia que expone por primera vez una herencia restaurada, el coleccionista que jura que jamás imaginó llegar a mostrar un coche, o el juez veterano que cada año sentencia que esta ha sido la mejor edición. En las clases más disputadas, un propietario ayuda a arrancar el coche de su rival para que nadie pierda un punto: la competencia más feroz del coleccionismo se dirime con una cortesía que casi ha desaparecido del paddock.

Europa tiene su propio tribunal, el Concorso d’Eleganza Villa d’Este, nacido en 1929 a orillas del lago de Como, y entre ambos han fijado el estándar del concours moderno. El caso de Pebble Beach es distinto porque ha sabido cambiar de criterio sin perder autoridad. Cada generación llega con sus obsesiones —los deportivos de posguerra, los conceptos de cuña, los custom cars— y el concurso las admite cuando encuentra en ellas rigor suficiente.

En agosto de 2027 la pradera volverá a llenarse y un jurado volverá a repartir veredictos. Setenta y cinco años después de aquella primera parrilla, la pregunta sigue siendo la que un día se hicieron Heumann y Tryon: qué merece estar en el green. La respuesta la da el jurado; el mercado, puntualmente, la obedece. Esa es toda la autoridad que Pebble Beach necesita.