En la F1, los motores V8 vuelven al centro del debate y Alonso es el primero en frenar el entusiasmo.
Mohammed Ben Sulayem anunció un acuerdo entre la FIA, Liberty Media y los equipos para recuperar el V8 en 2030. El paquete incluiría un KERS pequeño, casi testimonial, para ayudar en los adelantamientos, y un motor prácticamente de combustión pura. Sobre el papel, la idea es redonda: menos peso, más ruido, coches que vuelven a parecer coches. El problema no es técnico. Es de calendario y de factura.
Alonso no tardó en responder. Preguntado por el anuncio, el asturiano fue directo: ‘creo que el mundo ha cambiado. Evidentemente, eran coches divertidos de pilotar, muy ligeros, muy ruidosos, pero quizás ese tipo de tecnología no encaja en el mundo actual. Y añadió el matiz que convierte la frase en algo más que una opinión: ‘quizás los sistemas híbridos sean el camino a seguir. Simplemente tenemos que encontrar la proporción’.
Conviene recordar de dónde viene quien habla. Alonso ganó el título de 2005 con un V10 y el de 2006 con un V8. De sus 32 victorias, ocho llegaron con el V10 y 24 con el V8. Si alguien tiene derecho al romanticismo con ese motor, es él. Y precisamente por eso pesa más su negativa: no es la queja de un piloto que nunca lo probó, es la de quien lo exprimió y no quiere volver.
Quién gana y quién pierde si el V8 vuelve en 2030
Los números mandan. Audi, Honda con Aston Martin, o Ford junto a Red Bull Powertrains han homologado unidades de potencia para el ciclo que arrancó este año, con un reparto cercano al 50/50 entre combustión y eléctrico. Reconfigurar ese paquete hacia un V8 con KERS en 2030 no es un ajuste: es un programa nuevo. Los fabricantes que entraron con la promesa de la tecnología híbrida se juegan la amortización de una inversión que, en el mejor de los casos, habrá durado cuatro temporadas.
El V8 no es una decisión técnica: es una decisión de producto, y alguien tendrá que firmar el cheque de la transición.
En el paddock, el argumento del espectáculo se defiende solo. El plan habla de coches 80 kilos más ligeros, de un sonido que devuelve la F1 a otra época y de una parrilla menos dependiente de la gestión de energía, ese arte en el que los pilotos pasan más tiempo mirando el SOC que la trazada. Para el aficionado de tribuna, todo eso es un argumento. Para el departamento financiero de un motorista, es una factura sin fecha de retorno.
Alonso no discute el espectáculo: discute el relato
Su objeción tiene una parte que casi nadie ha querido escuchar. ‘Cuando empecé, cambiábamos de motor constantemente. Teníamos uno para el sábado, para las doce vueltas de clasificación, y después otro para el domingo. ¿Sería posible hacer eso en el mundo actual? Probablemente no’. Traducido: el V8 de 2030 no será el V8 de 2006. Ni por kilometraje, ni por coste, ni por fiabilidad. La nostalgia que se vende no es la que se podría entregar.
Y hay un detalle incómodo para el relato. El V8 no llega porque el mundo lo pida, llega porque la F1 necesita un discurso nuevo cada cierto tiempo. La categoría vende hoy eficiencia, combustible sostenible y un reparto eléctrico que ningún coche de calle replica. El aficionado compra pasión, no una hoja de cálculo. Ese es el hueco que el V8 viene a ocupar. Esta redacción entiende el giro comercial, pero no por ello deja de ser un giro.
Alonso tendrá 49 años en 2030. Es probable que no llegue a subirse a ese coche, y probablemente lo sabe. Por eso su intervención se lee mejor como una advertencia al sector que como una posición personal: si la F1 abandona la tecnología que la conecta con la industria, se queda sin el argumento que justifica que un fabricante gaste cientos de millones en ella.
El precedente de 2014: la F1 ya cambió de era y nadie miró atrás
Ya pasó. En 2014, la F1 enterró el V8 de 2.4 litros y adoptó el V6 turbo híbrido de 1.6. La operación se vendió como una alineación con el coche de calle, y el resultado fue un cambio de jerarquía que duró casi una década: Mercedes construyó su hegemonía sobre aquella arquitectura y los demás tardaron años en igualar el reparto térmico. Cuando Honda volvió en 2015 con McLaren, se estrelló contra un reglamento que no dominaba y contra un sistema de tokens que limitaba el desarrollo. Nadie quiere repetir esa película. Tampoco renunciar al titular fácil.
La comparación con el WEC es inevitable. El Mundial de Resistencia mantiene el híbrido en su categoría reina porque puede permitírselo y porque forma parte de la identidad de sus fabricantes. La F1, en cambio, lleva una década vendiendo su papel como laboratorio tecnológico. Si en 2030 entrega un motor de combustión con un KERS de adelantamiento, ese relato se cae por el suelo. No es un problema de romanticismo: es un problema de posición frente a la industria que le paga las facturas.
El calendario tampoco ayuda. El reglamento técnico de 2030 tiene que cerrarse con margen suficiente para que los motoristas diseñen, fabriquen y homologuen. Cualquier vaivén a partir de ahora encarece el proceso y abre la puerta a que alguno de los implicados decida que ya no le compensa. La próxima reunión de la Comisión de la F1 será la que muestre si el V8 es una intención o un plan con presupuesto detrás.

