Alfa Romeo GTV: así fue la compra impulsiva de un clásico de ensueño en subasta

James, copresentador de Throttle House, pujó en secreto por el Alfa Romeo GTA que su socio Thomas llevaba años soñando. Ganó la subasta por más de 145.500 y pasó meses escondiéndolo, restaurándolo y cambiando su nombre de usuario para no ser descubierto.

Hay compras que se justifican con una lista de pros y contras y otras que se justifican con una sola frase: porque era el coche de los sueños de mi socio. James, una de las dos mitades de Throttle House, pujó por un Alfa Romeo GTA desde el móvil, caminando por un pueblo inglés de noche y con Thomas a dos metros sin sospechar nada. Ganó. Y ahí empezó el problema.

Lo cuenta él mismo en el vídeo, con una honestidad que da un poco de vértigo: tiene un problema con las subastas. Puja por deporte, pierde por costumbre y ha interiorizado el papel de gafe que ve cómo el siguiente postor se lleva siempre el premio. Por eso, cuando el reloj bajó y su nombre seguía arriba, sintió algo parecido al pánico. Se le secó la boca. Esperaba hasta el último segundo que apareciera alguien a quitarle el juguete. No apareció.

Una puja en la calle y una cena con Richard Hammond

El decorado era casi de película. Thomas y James estaban en Inglaterra, cerrando una caminata nocturna antes de cenar con los productores y con Richard Hammond, en pleno rodaje de The Grand Tour. Thomas iba delante. James iba detrás, con una puja abierta en el teléfono. Cuando cerró, el importe superaba los 145.500 —la cifra que se canta en el vídeo— y él lo resume como la mayor cantidad de dinero que había gastado nunca en un coche, por varios múltiplos.

Publicidad

La letra pequeña llegó en forma de llamada. Alguien preguntó si era James, le felicitó y, sin transición, quiso saber cómo pensaba pagar. Un número de seis cifras, de noche, en una acera inglesa y a punto de sentarse a cenar con una leyenda del motor. James pidió unos días. Colgó. Y volvió a la mesa con la cara de quien acaba de hacer una tontería enorme.

El nombre de usuario que casi lo delata

El plan tenía un agujero evidente. Thomas conocía su nombre de usuario en Bring a Trailer, la plataforma donde se había celebrado la puja, y bastaba con revisar el historial para descubrirlo todo. James calculó que el secreto duraría veinticuatro horas. Esa misma noche consiguió hablar con el responsable de subastas de la plataforma y le pidió un favor insólito: cambiar el alias del ganador. El GTA pasó a figurar a nombre de Alfa Buttons, un invento que no significaba nada y que, sobre todo, no apuntaba a nadie.

Compré el coche de los sueños de mi socio por una broma, y sigo pensando que es la cosa más estúpida que he hecho nunca.

— James, Throttle House

El resto fue una operación de paciencia. Llegaba el invierno en Canadá, el coche no podía aparecer, y el secreto se le metió en cada hora del día: en el trabajo, en casa, con un bebé recién llegado y el rodaje del programa en marcha. Solo entraron en el círculo su pareja, Alex, y su otro compañero de plató, Francis. También Marco, el mecánico de confianza de Thomas —y, según el vídeo, referencia absoluta para estas máquinas en Toronto—, que recibió la visita más incómoda posible: un coche sospechosamente parecido al de su cliente y una pregunta sobre si había trabajado en algo así últimamente.

Qué tiene un GTA que no tiene un GT

Para entender la dimensión de la compra hay que explicar el apellido. Entre 1963 y 1977, Alfa Romeo fabricó más de 200.000 unidades de su coupé de la serie 105, la familia que dio forma al Alfa Romeo GTV y a los GT Junior que hoy se ven en cualquier concentración. De esa cifra, menos de un millar salieron con la A adicional. La A significa alleggerita, aligerado, y ahí está todo el programa: carrocería de aleación de aluminio ultraligera, con un 2,5 % de magnesio —de ahí el nombre comercial del material—, paneles remachados en lugar de soldados, mampara posterior, soporte del salpicadero y hueco de la rueda de repuesto también en aluminio.

Dentro, la misma lógica. Vinilo donde había moqueta. Asientos sin mecanismo de reclinado para ahorrar gramos. Y debajo, un 1.300 de doble encendido con tapa de válvulas y cárter de la caja de cambios en magnesio, transmisiones ligeras, engranajes perforados, tornillería taladrada y carburadores Weber de 45 milímetros. El resultado es un coche de carreras matriculado que se mueve en el mercado con una frecuencia que James describe como contable con los dedos de una mano: pocas unidades al año en todo el mundo.

De la subasta al rojo Alfa: la restauración

El coche llegó a Canadá y no le gustó. Las llantas no eran las correctas, el volante tampoco, la altura de marcha le parecía excesiva, los parachoques no encajaban y la pintura estaba apagada, agrietada y con abolladuras. Encargó un trabajo completo a un taller de Toronto y pasó semanas recibiendo fotos de soldaduras, desmontajes y espejos nuevos. Describe el proceso con una comparación bastante discutible sobre lo que se siente al devolver la vida a una máquina, pero el entusiasmo es genuino. El coche salió repintado en el código 501, el rojo Alfa de siempre, con las calcas de fábrica, y después recibió film de protección y recubrimiento cerámico. Hasta sus padres, de visita para conocer a la nieta, participaron en los últimos remates.

Publicidad

Dos dueños, 54 años y una matrícula que vuelve a casa

La historia del ejemplar es la que justifica el precio. Un propietario durante 54 años, John Ford, lo usó para autocross y competición y lo trajo hasta Canadá; de ahí la pegatina de Racing Canada en la ventanilla trasera. Antes que él, un militar estadounidense llamado Ted White lo había importado desde Italia. White seguía buscando su coche en internet cada pocos meses, lo encontró y contactó con James para regalarle las matrículas originales. Ambos dueños lo compraron por 2.800 en su día. James conserva la documentación del transporte marítimo y un texto firmado por Ford titulado, literalmente, Vivir con un GTA.

Contexto: por qué este GTA importa tanto

El GTA nació como herramienta de homologación para el Grupo 2 en los años sesenta y se convirtió en uno de los Alfa Romeo más deseados de la historia. Su rareza explica que casi nunca se cruce en una subasta pública y que, cuando aparece, el precio lo marque la ilusión más que la tabla de valoraciones. Conviene distinguir: el GT Junior y el GTV comparten plataforma, motor y estética con el GTA, pero no su estructura ni su pedigrí. Ese parecido es lo que convierte la prueba del imán sobre la carrocería en una escena tan eficaz en pantalla y tan cruel para Thomas.

Publicidad

Lectura editorial: el valor de una buena historia

Lo que cuenta Throttle House es, en el fondo, una historia sobre cómo se construye el valor en el mercado de clásicos. Un GTA no es caro por sus cifras de potencia ni por su comodidad; es caro porque existen menos de mil y porque casi nunca salen a la luz. La subasta, el secreto, la restauración y el reencuentro con las matrículas originales forman un relato que añade prima emocional a un objeto que ya la tenía de fábrica. Para el aficionado, la lectura práctica es doble: por un lado, confirma que el linaje del Alfa Romeo GTV y del GT Junior sigue siendo la puerta de entrada natural a ese universo, con precios mucho más terrenales; por otro, recuerda que restaurar un clásico rara vez sale a cuenta si se mira solo la factura. En cualquier caso el coche ya está en Canadá y la broma le ha costado a James una suma de seis cifras, un invierno de silencio y una conversación con su socio que, viendo el resultado, parece haber terminado bien. El episodio también dice algo sobre el formato: el motor en YouTube ya no compite por enseñar coches, compite por construir tramas. Y esta, con traición incluida, funciona.

Queda la pregunta que el propio vídeo deja flotando: ¿cuánto de una compra así es pasión y cuánto es la necesidad de tener una buena historia que contar? Thomas ya tiene su respuesta. Y su socio, un GTA en el garaje.

Puedes ver el vídeo completo en el canal de Throttle House en YouTube.