La cuarta luz blanca del semáforo que ordena el tráfico urbano y a los coches autónomos

Un equipo de la Universidad Estatal de Carolina del Norte plantea una señal blanca que se activaría solo en cruces con suficientes coches autónomos conectados. Las simulaciones calculan hasta un 94 % menos de espera, pero la idea no tiene todavía norma ni calendario.

La cuarta luz del semáforo sería blanca y se encendería solo cuando haya suficientes coches autónomos conectados en un cruce. La idea la firma un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte y, de momento, es solo teoría: no hay norma aprobada ni fecha para verla funcionando.

El estudio se publicó este mes de octubre en Transactions on Intelligent Transportation Systems, la revista que edita el IEEE, la mayor asociación internacional de profesionales dedicada a promover las tecnologías. El punto de partida es que el semáforo de tres luces, ese código que ordena el tráfico desde hace más de un siglo, no está pensado para cruces donde conviven coches autónomos y conductores humanos. Ahí se pierde tiempo y ahí se concentra buena parte del riesgo.

Lo que necesitas saber

  • Por qué es importante: la luz blanca serviría para que los cruces dejen de ser el punto donde más tiempo se pierde y más riesgo se acumula.
  • Cómo te afecta: si la idea avanza, cuando la luz blanca se encienda no mirarás el semáforo; bastará con seguir al vehículo que llevas delante.
  • Puntos clave y plazos: es una propuesta académica sin norma ni fecha anunciada; más de tres cuartas partes de la infraestructura semafórica tendría que renovarse antes.

Qué propone exactamente la cuarta luz blanca

La luz blanca solo se enciende con suficientes coches autónomos conectados en el cruce. En ese momento, los robotaxis se coordinan entre ellos y con la infraestructura para repartirse las trayectorias y el turno de paso. El sistema deja de calcular tiempos fijos por carril y pasa a gestionar el cruce en tiempo real. El umbral exacto no está cerrado: depende del cruce y del volumen de tráfico, según las simulaciones.

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Para quien va al volante de un coche normal, la instrucción sería tan simple que no requiere aprendizaje: cuando veas la luz blanca, sigue al vehículo que tienes delante. La gestión del tráfico quedaría, en la práctica, en manos de los propios coches autónomos. No hay que interpretar señales nuevas ni calcular distancias: se circula en fila, como en un desfile.

Si el número de vehículos autónomos no alcanza el umbral necesario, el semáforo volvería de forma automática al esquema tradicional de rojo, amarillo y verde. Los investigadores insisten en que ese retorno sería inmediato y sin riesgo de confusión, porque la base sigue siendo el mismo semáforo de siempre al que se le añade una cuarta señal.

La luz blanca no cambia las reglas para quien conduce: solo le pide que confíe en el coche que lleva delante.

Cuánto se ganaría con el nuevo semáforo

Las simulaciones informáticas que sostienen la propuesta arrojan cifras difíciles de ignorar: las esperas caerían entre un 3 % y un 94 %, y la eficiencia general del cruce mejoraría hasta un 98 % frente a la regulación tradicional por tiempos. Menos paradas obligatorias significa también menos consumo de energía y menos emisiones, algo que gana peso en un parque móvil cada vez más electrificado. Son cifras de laboratorio, no de una calle real, y los propios autores recuerdan que proceden de escenarios simulados.

Todo se apoya en el concepto de coordinación distribuida: cada vehículo comparte con los demás su posición, su velocidad y su dirección para calcular la trayectoria óptima. Ali Hajbabaie, autor principal del estudio, explica que la fase blanca aprovecha la capacidad de cálculo de los propios coches para ordenar el flujo. El semáforo deja de decidir por todos y se limita a marcar el marco general.

Por qué no verás esta luz en tu ciudad a corto plazo

Conviene bajar la expectativa. Los vehículos totalmente autónomos que circulan hoy son muy pocos, y sin una masa crítica de ellos la fase blanca no tiene nada que coordinar. A eso se suma un obstáculo de infraestructura: más de tres cuartas partes de los semáforos tendrían que renovarse para poder comunicarse con los coches, con la inversión que eso supone para unos ayuntamientos que ya arrastran presupuestos ajustados de conservación.

La ciberseguridad es el otro frente abierto. Si los datos de posición y velocidad no viajan de forma fiable, cualquier retraso o interferencia rompe la coordinación entre vehículos y el sistema pierde su ventaja. Los investigadores lo asumen y por eso plantean que la integración sea progresiva, empezando por zonas experimentales y áreas urbanas controladas.

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El primer semáforo de tres luces se instaló en Detroit en 1920 y su código ha llegado sin cambios hasta hoy: esta propuesta no lo sustituye, lo amplía. Para quien conduce un coche convencional, nada cambia mientras no haya suficientes vehículos autónomos en el cruce. Qué ciudades serán las primeras, con qué presupuesto y bajo qué marco legal son preguntas que siguen sin respuesta. Lo confirmado, por ahora, es que la cuarta luz ya tiene estudio, revista científica y respaldo académico.