Conducir por Europa puede parecer una experiencia homogénea: mismas autopistas, coches similares y normas que, en teoría, comparten una base común. Sin embargo, basta cruzar ciertas fronteras para darse cuenta de que no todos los países se toman la seguridad vial de la misma manera. Y si hay uno donde las reglas se aplican con una severidad casi quirúrgica, ese es Suiza.
Alejandro, un camarero español de 31 años, aprendió esta lección de la forma más dura posible. Un exceso de velocidad que en otros países habría terminado en una multa asumible, en Suiza estuvo a punto de llevarle a la cárcel. Su testimonio es una advertencia clara para cualquiera que piense ponerse al volante en territorio helvético.
5Un año de reflexión antes de volver a conducir
El impacto psicológico también cuenta. Alejandro decidió pasar un año entero sin coche, replanteándose su forma de conducir. “Estuve reeducándome”, afirma. “Hasta que no sentí que estaba preparado, no volví a coger el coche”. Durante ese tiempo, cada multa era un recordatorio de que en Suiza no se juega con el volante.
Este proceso le sirvió para cambiar hábitos profundamente arraigados: anticiparse más, respetar escrupulosamente los límites y entender que llegar cinco minutos antes no compensa el riesgo. Una lección que, aunque cara, considera necesaria para adaptarse al país.








