Pebble Beach 2026: el Duesenberg de Clark Gable conquista el Best of Show en el 75 aniversario

El SSJ Special Speedster, uno de los dos únicos fabricados, fue propiedad del actor y lo presentó el coleccionista de Cincinnati Harry Yeaggy. Las subastas de la semana cerraron con 747,9 millones de dólares, un 73% más que en 2025.

El Duesenberg SSJ Special Speedster que fue de Clark Gable ganó el Best of Show de Pebble Beach 2026. La misma semana en que el concurso celebraba su 75 aniversario, las subastas de Monterey firmaron un récord histórico: 747,9 millones de dólares, según el recuento de Hagerty.

Las claves de esta historia

  • Lo más importante: un Duesenberg SSJ Special Speedster de 1935, uno de los dos únicos ejemplares construidos, se llevó el Best of Show del certamen californiano.
  • No te lo puedes perder: el coche premiado perteneció al actor Clark Gable y el otro SSJ a su amigo Gary Cooper. Lo presentó a concurso el coleccionista de Cincinnati Harry Yeaggy.
  • Cifras y cotización: las subastas de la semana de Monterey alcanzaron 747,9 millones de dólares, un 73% más que los 432,8 millones de 2025 y muy por encima de la previsión de Hagerty, de entre 470 y 500 millones.

Un Duesenberg SSJ con guion de Hollywood

Cuando el Model J se presentó en el Salón de Nueva York en diciembre de 1928, el automóvil estadounidense dejó de ser un asunto exclusivamente utilitario. Bajo el capó latía un ocho cilindros en línea de doble árbol de levas construido por Lycoming. Alrededor, carrocerías encargadas a los especialistas más reputados del país. E.L. Cord había comprado Duesenberg dos años antes precisamente para eso: para fabricar el coche más caro y más avanzado del mercado. Hay más contexto sobre el modelo en su entrada de Wikipedia.

El SSJ fue la cúspide de aquella genealogía. Sobre la base de las versiones sobrealimentadas, Duesenberg acortó el chasis y apretó la mecánica hasta superar con holgura los 300 CV, un territorio casi inexplorado en 1935. Solo se construyeron dos unidades, ambas con carrocería abierta de tipo speedster, destinadas por precio y por carácter a un puñado de compradores capaces de pagar por un automóvil lo mismo que por una casa.

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Los dos ejemplares acabaron en Hollywood. Clark Gable y Gary Cooper, las dos mayores estrellas masculinas de la década, se repartieron una producción que nunca tuvo continuidad: la marca desapareció en 1937. El Duesenberg había sido, desde su irrupción, el automóvil de las grandes fortunas y de buena parte del star system, y la vinculación con esas dos figuras es la que ha acabado fijando el relato popular de estas unidades.

El coche que se llevó el Best of Show llegó a Pebble Beach de la mano de Harry Yeaggy, coleccionista con base en Cincinnati, y se impuso en el fallo del jurado emitido el domingo sobre la hierba de la calle 18 del Pebble Beach Golf Links. En este concurso no gana el más rápido ni el más caro, sino el que mejor acredita su historia: originalidad, procedencia documentada y estado de conservación.

Que el ganador sea una de las dos únicas unidades fabricadas y que su historial incluya el nombre de una estrella de Hollywood no es una casualidad. Es, exactamente, el tipo de relato que el jurado premia y el mercado paga. Habrá quien discuta el peso del nombre propio en el fallo, y es legítimo discutirlo. Pero Pebble Beach no es un museo: es un certamen de propietarios, y quien presenta un coche único con una historia única parte con ventaja.

En el mercado del clásico, dos coches idénticos pueden separarse por millones solo porque uno pasó por las manos de una estrella de Hollywood.

Monterey rompe el techo: 747,9 millones y un récord que nadie esperaba

Las cifras, en cambio, no admiten discusión. Los remates de la semana de Monterey contabilizaron 747,9 millones de dólares hasta el sábado, según el recuento de Hagerty, un 73% por encima de los 432,8 millones registrados en el mismo punto de 2025 y muy por encima del récord anterior, los 471 millones de 2022. La propia Hagerty había previsto entre 470 y 500 millones; el resultado final superó su estimación superior en cerca de la mitad y convirtió a esta en la primera semana de subastas que rebasa el medio millar de millones.

Las cifras de Monterey no dicen que el mercado esté sano, sino que está selectivo: el dinero ya no compra coches, compra procedencias irrepetibles.

Lo llamativo es de dónde salió el dinero. El volumen apenas se movió: se vendieron 844 de los 1.124 lotes ofrecidos, un 75% de efectividad frente al 76% del año anterior (818 de 1.078). El salto vino del precio medio, que pasó de 529.034 a 866.107 dólares, un 64% más. No se vendió mucho más, pero se pagó muchísimo más por lo que se vendió.

El podio lo encabezó un Shelby Cobra Daytona Coupe de 1964, una de las seis unidades originales construidas, que alcanzó 42,9 millones de dólares en Gooding Christie’s y estableció el récord absoluto para un automóvil estadounidense en subasta. Por detrás, la nómina de grandes lotes quedó así:

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  • Un McLaren F1 de 1996, 34,7 millones en RM Sotheby’s, récord para un automóvil británico.
  • Un Ferrari 250 P Spider de 1963, 18,7 millones en Gooding Christie’s.
  • Un Chevrolet Corvette Grand Sport de 1963, 18,7 millones en RM Sotheby’s, récord para el modelo.
  • Un Ferrari Daytona SP3 de 2023, 17,8 millones en RM Sotheby’s.
  • Un Ferrari Luce Tailor Made de 2026, eléctrico y de edición única, 40 millones en RM Sotheby’s en una puja benéfica.

Ferrari copó siete de los diez primeros puestos del ránking. Y por debajo de los titulares, el diagnóstico de Hagerty es más matizado de lo que sugiere el total: los ejemplares excepcionales marcaron récords, mientras muchos modelos corrientes de los años cincuenta y sesenta se vendieron por debajo de lo que su estado habría justificado. Los superdeportivos modernos, los fabricados de los noventa en adelante, aportaron más de la mitad de la facturación.

Lo que el récord revela del mercado del clásico

Conviene retener la comparación antes que el titular. En 2022, el mejor año de la historia reciente, Monterey cerró con 471 millones. En 2025 el total se quedó en 432,8. En 2026 lo ha superado todo. Cuando una sola cita multiplica por 1,7 la facturación del ejercicio anterior sin mover el volumen, la explicación no está en la oferta, sino en la demanda: hay más dinero persiguiendo a menos coches verdaderamente excepcionales.

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Esa tensión explica la paradoja que Hagerty señala en su análisis. Los grandes premios y las procedencias irrepetibles se han convertido en activos, mientras el segmento medio —berlinas y descapotables populares de los cincuenta y sesenta, sin historial relevante— se vende por debajo de lo que su estado aconsejaría. El coleccionista de entrada lo nota. El de alto patrimonio, no.

Hay además un cambio generacional en el escaparate. Que un McLaren F1 de 1996 alcance 34,7 millones, récord para un coche británico, y que los superdeportivos de los noventa y posteriores concentren más de la mitad de la facturación indica hacia dónde mira hoy el comprador solvente: hacia los coches que veía en las revistas cuando era adolescente. La rareza sigue mandando, pero la nostalgia ha cambiado de década.

El remate benéfico de un Ferrari Luce Tailor Made eléctrico por 40 millones de dólares añade otra capa al debate. Un coche de 2026, cuyo diseño había dividido a los aficionados desde su presentación, alcanzó una cifra propia de un clásico consagrado. Puede leerse como lo que es, una operación benéfica; también como una señal de que el mercado ya está dispuesto a poner precio de colección sobre el futuro eléctrico de Maranello antes de que ese futuro escriba su propia historia.

Queda por ver si las cifras se consolidan en la próxima cita de Monterey, en agosto de 2027, o si responden a una concentración extraordinaria de lotes irrepetibles. Lo que ya nadie discute es que la barrera del medio millar de millones ha caído. Y que un Duesenberg de 1935, único entre dos, siga ganando en Pebble Beach es el mejor recordatorio de por qué: en el mercado del clásico, la historia documentada es el único activo que no se puede replicar.