La cuarta luz del semáforo que propone un estudio universitario es blanca y solo se encendería con coches autónomos suficientes.
La idea no sale de una administración de tráfico, sino de un grupo de investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte. Su trabajo se publicó el 1 de octubre en Transactions on Intelligent Transportation Systems, la revista editada por el IEEE. No es una norma, ni una propuesta legislativa, ni nada que tengas que hacer mañana: es un planteamiento teórico sobre cómo regular los cruces cuando el parque móvil empiece a llenarse de vehículos que se conducen solos.
Lo que necesitas saber
- Por qué es importante: el estudio plantea cambiar el código de colores que ordena los cruces desde hace más de un siglo.
- Cómo te afecta: hoy no cambia nada: no hay norma, no hay multa y no tienes ningún trámite que hacer.
- Puntos clave y plazos: no existe fecha de implantación y más de tres cuartas partes de las infraestructuras semafóricas tendrían que renovarse antes.
Qué propone la cuarta luz del semáforo
El semáforo cumple más de cien años con un código inmutable: rojo para parar, ámbar para esperar, verde para avanzar. El primer sistema de tres luces se instaló en Detroit en 1920, y desde entonces la señalización de los cruces apenas ha cambiado en lo esencial. Lo que ahora se propone es añadir un cuarto estado: la luz blanca.
La luz blanca no se encendería siempre. Aparecería solo cuando en el cruce hubiera un porcentaje suficiente de vehículos autónomos conectados. En ese escenario, los robotaxis se coordinarían entre sí y con la infraestructura para decidir quién pasa y en qué orden. Para el conductor humano, la instrucción sería sencilla: seguir al vehículo que tiene delante y dejar la gestión del cruce en manos de los coches que se conducen solos.
Si el número de vehículos conectados no alcanzara ese umbral, el sistema volvería de forma automática al esquema tradicional de rojo, ámbar y verde. Sin interrupciones, según los autores del estudio, y sin margen para la confusión.
La luz blanca no cambia las reglas del tráfico: las traslada por un momento de los conductores a los vehículos que se conducen solos.
Cómo funcionaría en la práctica
Todo se apoya en un principio que el estudio llama coordinación distribuida: cada vehículo habla con los de su entorno para calcular trayectorias y tiempos óptimos, compartiendo datos de posición, velocidad y dirección. No hay una torre de control que decida por todos; la decisión sale del cálculo conjunto.
Las simulaciones apuntan a mejoras notables. Según los resultados del trabajo, el sistema podría recortar las esperas en los semáforos entre un 3% y un 94% y mejorar la eficiencia general hasta un 98% frente a la regulación tradicional por tiempos. Ali Hajbabaie, autor principal, explica que la fase blanca aprovecha la capacidad de cálculo de los propios vehículos para optimizar el flujo.
A eso se suman efectos secundarios que interesan en cualquier ciudad: menos arranques y frenadas, menor consumo de energía —con un parque cada vez más electrificado— y menos emisiones ligadas a las paradas. En un cruce, cada minuto con el motor encendido sin avanzar es combustible o batería gastada para nada.
Cuándo se vería en tu ciudad: años y mucha inversión
Aquí conviene bajar de la teoría al asfalto. La implantación exigiría mucho tiempo y grandes inversiones, y hoy no hay calendario oficial. Los vehículos completamente autónomos siguen siendo pocos, y más de tres cuartas partes de las infraestructuras semafóricas actuales tendrían que renovarse para poder comunicarse con ellos. Un semáforo no se limita a encender bombillas: necesita hardware, software y conexión.
La ciberseguridad es otro frente abierto. Los datos tendrían que viajar de forma fiable, sin retrasos ni interferencias que alteren la coordinación entre vehículos. Un cruce regulado por máquinas que se entienden entre sí es eficiente cuando todo funciona y delicado cuando algo falla.
Los propios investigadores imaginan una integración por fases: primero zonas experimentales o áreas urbanas controladas y, después, una extensión gradual a la red viaria convencional. Ese camino ya lo han recorrido otras tecnologías de tráfico.
Muchos ayuntamientos regulan desde hace años sus cruces desde centros de control, con algoritmos que ajustan los tiempos según la demanda real, y la comunicación entre vehículo e infraestructura lleva tiempo en fase de pruebas. Lo nuevo aquí no es la tecnología, sino el color: una cuarta luz visible para todos.
Para el conductor, la lectura práctica es sencilla. Nada de esto es obligatorio hoy, no hay multa asociada y no existe trámite alguno que cumplir. Si algún día llega un semáforo de cuatro luces a tu ciudad, la regla será tan simple como mirar al coche de delante. Y si no hay suficientes vehículos autónomos en el cruce, seguirás viendo el rojo, el ámbar y el verde de siempre.
El próximo hito no es una fecha en el BOE, sino una prueba real fuera del ordenador. Por ahora, todo lo publicado son simulaciones.

