Plymouth cancela las cámaras de matrículas de EE UU, la empresa se niega a retirarlas y la policía las desenchufa

El consejo municipal votó el 22 de septiembre cancelar el contrato con Flock Safety tras un falso positivo que acabó con un matrimonio interceptado por error. Semanas después, los lectores siguen instalados y la empresa no ha dado fecha de retirada.

Plymouth, en Estados Unidos, canceló su contrato de cámaras de matrículas y la empresa no las retiró. La policía local terminó desenchufándolas del suministro eléctrico. Lo que empezó como una votación municipal ha acabado en un pulso sobre algo más incómodo: quién tiene la última llave cuando un ayuntamiento decide apagar una red de vigilancia.

Del falso positivo a la votación del consejo municipal

El origen del conflicto es un error de lectura. Un matrimonio fue interceptado por cuatro agentes en sus coches patrulla después de que el sistema los hubiera seguido durante días. Así lo relató el conductor afectado, que describió la escena como una emboscada a plena luz del día. Un falso positivo no es un detalle menor en esta tecnología: convierte una matrícula leída a distancia en una sospecha sin que nadie haya comprobado nada.

El caso llegó al pleno. El consejo municipal de Plymouth votó la cancelación del contrato con Flock en su sesión del 22 de septiembre. A la mañana siguiente, el consistorio suspendió todas las cuentas del sistema asociadas a la ciudad y notificó la decisión a la compañía, según la versión ofrecida por el jefe de la policía local. Después llegó la carta formal de cancelación, enviada por correo postal y electrónico tras consultar con los servicios jurídicos del ayuntamiento.

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Y llegó el silencio. Ni la estructura corporativa ni el área legal de la empresa contestaron, más allá de alguna conversación con el representante comercial de la zona. Pasó más de una semana sin respuesta escrita. Entonces la jefatura policial tomó una decisión poco habitual: ordenó a su personal desconectar los cables de alimentación de cada equipo para asegurarse de que no seguían grabando matrículas. La comprobación sobre el terreno confirmó que dos de esos lectores estaban efectivamente desenchufados.

Cuando un ayuntamiento rompe un contrato, el problema deja de ser técnico y pasa a ser de propiedad: el hardware sigue en la calle aunque el servicio esté muerto.

Conviene fijarse en el detalle. Nadie desmontó nada. No hubo acta de retirada ni operarios. Solo un cable fuera de su sitio, la solución más rudimentaria posible para un problema contractual.

Las cámaras siguen en la calle y no son propiedad del ayuntamiento

Flock Safety

Un lector automático de matrículas, conocido por sus siglas inglesas ALPR, fotografía cada vehículo que pasa y lo convierte en un registro con hora y ubicación. El funcionamiento de esta tecnología permite reconstruir trayectos completos sin que el conductor perciba nada. Nada de eso es anónimo: cada lectura se almacena con su marca temporal.

Flock trabaja por suscripción. Instala el hardware, da acceso al software y cobra por el servicio. Cuando el contrato se rompe, el equipo no desaparece por arte de magia, porque los lectores son propiedad de la empresa. Ahí está el nudo del asunto: el municipio deja de pagar y deja de usar el sistema, pero las cámaras siguen atornilladas a sus postes, alimentadas o no.

El consistorio asegura que sigue reclamando a la compañía un calendario concreto de retirada y que, por ahora, no tiene una respuesta definitiva que dar a sus vecinos. Las preguntas enviadas a la empresa sobre qué protocolo aplica cuando un cliente cancela tampoco obtuvieron contestación.

Lo que este pulso anticipa para el conductor europeo

En España la lectura de matrículas ya forma parte del paisaje cotidiano: control de acceso a las zonas de bajas emisiones, peajes sin barrera, aparcamientos, controles de seguridad en carretera. La diferencia con el caso de Plymouth no está en la tecnología, sino en el modelo de propiedad y en quién responde cuando el sistema falla. Aquí el debate público se ha centrado en las etiquetas y en las multas; el de las cámaras que leen esas matrículas llega con retraso.

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El episodio estadounidense deja tres aprendizajes trasladables. Primero, que un contrato de vigilancia no termina cuando se firma la cancelación: necesita cláusulas de retirada, plazos y penalizaciones. Segundo, que los falsos positivos tienen consecuencias físicas, como una interceptación o un susto al volante, y no solo estadísticas. Tercero, que la opacidad del proveedor se corrige mejor con contratos que con destornilladores.

Para el conductor, el punto sensible es la prueba. Si una lectura errónea acaba en una sanción o en un requerimiento, la carga de demostrar el error recae casi siempre sobre el titular del vehículo. Guardar el justificante de un peaje, el ticket de un aparcamiento o la geolocalización del móvil se ha vuelto una precaución razonable. En términos europeos, la tendencia apunta a más auditoría y más transparencia sobre cuánto tiempo se conservan esos registros y con quién se comparten.

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El siguiente hito en Plymouth no es político, sino logístico: la retirada física de los equipos. Mientras no llegue, la ciudad convive con un sistema de vigilancia apagado, instalado y ajeno. Y con una pregunta abierta que cualquier municipio con cámaras en la calle acabará haciéndose: qué ocurre el día que el proveedor decide no contestar.

📌 Datos clave internacional

  • La cifra a enmarcar: más de una semana de silencio de la empresa antes de que la policía local desconectara los cables; el detonante fue un falso positivo que movilizó a cuatro agentes.
  • Consejo práctico: si circulas por ciudades con lectura de matrículas, conserva los justificantes de peajes, aparcamientos y accesos; son la prueba más rápida para tumbar una lectura errónea.
  • Así te afecta: el pulso de Plymouth anticipa el debate que llega a España: quién es dueño de las cámaras que te leen la matrícula y cuánto tiempo guarda alguien el rastro de tus trayectos.