Durante décadas, la seguridad vial en España ha avanzado a base de pequeñas revoluciones silenciosas. Algunas han sido bien recibidas; otras, discutidas; pero casi todas han tenido un objetivo común: reducir riesgos cuando algo va mal en la carretera. La obligatoriedad de la baliza V16 es una de esas medidas llamadas a cambiar hábitos muy arraigados, como bajarse del coche para colocar los triángulos.
Sin embargo, superada la fase de adaptación, empiezan a surgir dudas sobre su implementación real. La ausencia de señales visibles que confirmen el funcionamiento del sistema llama la atención de quienes conocen cómo se gestiona el tráfico. Para algunos profesionales del sector, esa falta de evidencias prácticas contrasta con las expectativas generadas por una medida que aspiraba a ser un antes y un después en la seguridad vial.
2Del laboratorio a la carretera real
Según los técnicos de movilidad, uno de los grandes problemas es la diferencia entre el diseño teórico y la aplicación práctica. En el laboratorio, todo funciona. La baliza emite señal, el sistema la recibe y la información se procesa. Pero la carretera es otro mundo, con miles de incidencias simultáneas y una red de paneles que no siempre se actualiza con la rapidez prometida.
Antonio considera que la crítica no debe ir hacia la baliza en sí, sino a su despliegue. «Si el conductor compra una baliza homologada y conectada, espera ver los resultados que promete. Espera que su incidencia se note, que el sistema reaccione. Si eso no ocurre, la confianza se pierde muy rápido», señala.


