Probamos el Opel Grandland X 1.2 Turbo. Buenas referencias
130 CABALLOS

Probamos el Opel Grandland X 1.2 Turbo. Buenas referencias

El Grandland X es un modelo amplio, cómodo y bien equipado que comparte plataforma y mecánica con el Peugeot 3008, lo que ya es una estupenda carta de presentación. Además, su variante 1.2 Turbo de gasolina, con 130 CV, cumple bien como modelo 'todo uso' para la familia por rendimiento y seguridad.

Pedro Martín

Pedro Martín

6 de Diciembre 2018 21:00

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Que los 27.400 euros de la factura de nuestro protagonista se queden ahora en unos 24.300 es una gran noticia. Y si la economía nos preocupa, el nivel básico Selective lo pone aún más a tiro, levemente por encima de los 22.000 euros, que ya es un presupuesto manejado por bastantes usuarios con ganas de aparcar un SUV de este tamaño en su garaje. Hablamos de un modelo de 4,48 metros de longitud que puede operar perfectamente como vehículo para la familia, ayudado por un maletero de 514 litros, ampliable a 1.652 cuando abatimos la segunda fila.

El Grandland X es fruto de un proyecto conjunto entre Opel y el grupo PSA -todo se gestó antes de que el consorcio francés comprase la marca alemana-, y por eso comparte tanto el conjunto mecánico -motores, transmisiones, chasis...- como la plataforma EMP2 con el nuevo Peugeot 3008, el DS 7 Crossback o el Citroën C5 Aircross, a la venta en Europa a comienzos de 2019. De hecho, el Grandland X se produce en la planta francesa de PSA en Sochaux, de donde también sale el 3008.

Muy funcional

Sería lógico pensar que bajo envoltorios tan diferentes -las carrocerías del Opel y el Peugeot no se parecen en nada, salvo en su talla- se esconden muchas similitudes, pero al margen de las ya citadas, estrictamente técnicas, se ha realizado una profunda labor de diferenciación. Así, por ejemplo, el Grandland X propone un puesto de conducción mucho más convencional, con volante de diámetro normal e instrumentación analógica, en vez de recurrir al cuadro digital configurable que ponen en juego los Peugeot 3008 y 5008 con su i-Cockpit. Es como si la firma gala hubiera apostado por el vanguardismo y el lujo tecnológico, y Opel jugase la baza de la funcionalidad -hay muchos huecos por todas partes- o el clasicismo. Lo dejaríamos en una mera cuestión de gustos de no ser porque el Grandland X también transmite menos sensación de refinamiento, con plásticos algo pobres en aquellas superficies que no gozan de material mullido o algunos mandos de presencia y tacto mejorables.

No obstante, el grado Excellence que nos ocupa compensa esa terminación 'justita' con una dotación de serie realmente completa, brillando especialmente en lo referente a seguridad o asistentes de conducción, y figurando los faros antiniebla o la rueda de repuesto como ausencias más significativas. Pero la extensa lista de opciones permite solucionarlo, y a precios razonables.

Además, el Grandland X convence por su amplitud, con mucha altura al techo delante y detrás, y una segunda fila capaz de acoger muy bien a dos adultos o tres chavales, pues la cota de anchura es correcta -132,5 centímetros-, apenas sobresale del suelo el túnel central y hay espacio generoso para las piernas: 74 centímetros de distancia entre respaldos con un conductor de 1,75 al volante. La pena es que no se ofrezca una banqueta posterior corredera, aunque el reparto habitáculo/maletero logrado por los diseñadores nos parece idóneo.

Un motor que da de sí el tricilíndrico 1.2 sobrealimentado mueve bien un conjunto muy ligero. y el consumo real es bajo a ritmo 'normal'. Salpicadero clásico, lejos del vanguardismo del peugeot 3008. El Grandland X apuesta por un interior más convencional Un motor que da de sí el tricilíndrico 1.2 sobrealimentado mueve bien un conjunto muy ligero. y el consumo real es bajo a ritmo 'normal'. Salpicadero clásico, lejos del vanguardismo del peugeot 3008. El Grandland X apuesta por un interior más convencional

Noble de comportamiento

Nos ponemos en marcha y seguimos viendo diferencias con su 'primo' 3008, como el tacto de la palanca de cambios manual -en unos meses podría llegar una versión 1.2 Turbo con caja automática- o de la dirección -tres vueltas de volante, que no es poco-, pues ambos mandos resultan apreciablemente más suaves y transmiten menos sensación de dinamismo. Un poco de firmeza extra les vendría bien.

Y ocurre lo mismo con la suspensión, cuyo tarado resulta algo más 'dulce' que en el SUV de Peugeot, lo que consiente un poco más de balanceo en curva. Además, el nivel Excellence apareja de serie unos 225/45 R18 -Michelin Primacy 3, para más señas- que agarran tan bien en curva que, a medida que avivamos el ritmo en una carretera de montaña, acrecientan ese cierto bamboleo. Nada preocupante, en cualquier caso, pues el Grandland X va siempre por su sitio, ayudado por su ligereza, que minimiza las inercias.

Y es que los 1.350 kilos que pesa en orden de marcha nuestro protagonista -es una virtud común a otros modelos con plataforma EMP2- no traen más que ventajas. Por ejemplo, ayuda a que la frenada sea enérgica -menos de 13 metros para detenernos desde 60 km/h y 51,3 para hacerlo desde 120 km/h-, con la inestimable ayuda de las eficaces gomas antes citadas. Y nada más empezar a circular ya percibes que la presencia de un pequeño tricilíndrico bajo el capó no supondrá problema alguno, pues el coche sale con relativa alegría desde parado. Además, y para ser realistas... no es tan 'pequeño'; pues se trata de un 1.2 con 130 CV, tiene un turbo de buena respuesta y genera 23,5 mkg de par máximo a sólo 1.750 vueltas. Frente a eso, que diríamos del 1.0 TSI usado por el Seat Ateca o el Skoda Karoq, que rinde 116 CV y 20,4 mkg, y ya mueve sorprendentemente bien a ambos modelos.

Rendimiento muy convincente

Porque el Grandland X 1.2 Turbo 130 convence por su rendimiento, y creemos que satisfará las necesidades prestacionales de buena parte de los usuarios, salvo que el conductor busque reacciones impetuosas al salir de un semáforo o al efectuar adelantamientos. Por ejemplo, se ha quedado solo a una décima de los 11,1 segundos anunciados para acelerar de 0 a 100 km/h, y en cuarta velocidad solventa un adelantamiento típico -paso de 80 a 120 km/h- en 8,4 segundos, buen registro si lo comparamos con los resultados de dos SUV con mecánica 1.5 publicados en esta misma revista: 8,3 segundos requiere el Mitsubishi Eclipse Cross con sus 165 CV de gasolina y 8,8 el DS 7 Crossback con su diésel de 130 CV.

El Grandland X 1.2 Turbo se adapta bien a usos urbanos o de carretera, pues en ambos escenarios se muestra agradable, aunque nos ha llamado la atención que en este modelo de Opel se perciba más la condición tricilíndrica del motor que en el Peugeot 3008. Ese sonidito especial que, sin ser molesto, sí es distinto; lo que nos lleva a pensar en una peor insonorización y, de nuevo, en un menor refinamiento.

En cuanto al consumo, mejor olvidarse de los 5,1 l/100 km homologados por el fabricante, pues parecen más realistas los 7,5 litros registrados en nuestro recorrido mixto con ciudad, autovía y varios tipos de carretera, un valor adecuado para un SUV de su talla y en línea con sus rivales directos; aunque el gasto es bastante sensible al estilo de uso, y a poco que apuremos las marchas y demos gusto al acelerador rondaremos los 10 litros.

La clave

Es fruto del mismo proyecto que el Peugeot 3008, y comparten casi todo a nivel mecánico, pero el Grandland X tiene personalidad propia: estética distinta, interior más clásico, una dinámica claramente enfocada al confort... Me gusta por amplitud, practicidad y equipamiento, y con este motor de gasolina no va nada mal.

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