La compañía de Elon Musk ha puesto por fin fecha a su proyecto fantasma: producción en 2028, con un paquete de prestaciones que, de cumplirse, reordenaría la jerarquía mundial de los superdeportivos eléctricos. Tesla promete menos de un segundo de 0 a 60 millas por hora. Ningún coche de calle homologado ha firmado nunca esa cifra.
El detalle más raro no está en el motor. Está debajo. La marca ha desarrollado un ventilador de succión en el suelo del vehículo capaz de pegar el coche al asfalto y generar, siempre según Tesla, hasta 2 g de fuerza lateral en curva. La idea tiene precedente: los fan cars que Brabham y Chaparral probaron entre finales de los sesenta y los setenta, y que la FIA acabó prohibiendo porque convertían la aerodinámica en una trampa.
Musk ha añadido propulsores heredados de SpaceX y ha llegado a decir que el Roadster ‘puede volar’. Conviene separar el anuncio de la ficha técnica. Tesla no ha publicado potencia, peso, autonomía, ni precio, que son las cuatro cifras que permitirían saber si el coche que se entregue en 2028 se parece a lo que se ha contado.
Sobre el papel, el Roadster no compite contra un deportivo cualquiera. Compite contra la física y contra el propio relato de Tesla.
Nueve años de retraso y una certeza: el Roadster no se medirá por lo que acelere, sino por lo que Tesla sea capaz de fabricar en 2028.
Lo que Tesla promete con el Roadster y lo que nadie ha medido
Las cifras que maneja la marca sitúan al Roadster por delante de todo lo homologado. La referencia eléctrica actual se mueve en torno a los dos segundos en el 0-60. Bajar de uno no es una mejora incremental; es otro escalón tecnológico, y depende de variables que Tesla todavía no ha explicado: neumáticos, gestión térmica y una batería capaz de entregar esa corriente sin degradarse.
Los 2 g de agarre lateral admiten una lectura parecida. Un superdeportivo de calle ronda el 1,5 g en circuito; un Fórmula 1 pasa de 5. El ventilador no rompe la física, pero sí mueve el techo de lo que se puede pedir a un coche con matrícula.
Ahí aparece el primer problema. La succión activa exige energía, peso y refrigeración. Todo eso es masa. Y la masa es el enemigo número uno de la aceleración. Tesla está resolviendo una contradicción de ingeniería con una promesa de marketing; hasta que no haya cifras de báscula, la comparación honesta es con un folleto, no con un cronómetro.
El último coche manual en una marca que apuesta por la autonomía

La frase más reveladora de la presentación no hablaba de prestaciones. Musk aseguró que el Roadster será, a largo plazo, ‘el único coche de conducción manual que fabrique Tesla’. En una compañía que ha volcado su discurso en la conducción autónoma, el buque insignia se reserva justo lo contrario: un volante que solo obedece a un humano.
La lectura industrial es doble. Por un lado, Tesla necesita un producto de deseo que sostenga el precio de la marca mientras el resto de la gama se orienta hacia el transporte por suscripción. Por otro, admite de forma implícita que el placer de conducir sigue vendiendo y que renunciar a él de golpe dejaría huérfana a una parte de su clientela.
Es el mismo movimiento que hicieron Porsche y Ferrari al electrificar su catálogo: conservar una versión analógica como reclamo mientras el volumen se juega en otro terreno. La diferencia es que Tesla no lo plantea como transición, sino como excepción. Y las excepciones, en una empresa que cotiza por su discurso de futuro, tienen un coste de oportunidad.
Nueve años de retrasos y un problema de credibilidad
El Roadster se enseñó por primera vez en noviembre de 2017. Se prometió para 2020. Ha ido acumulando aplazamientos desde entonces, con reservas cobradas y sin una sola unidad de serie rodando. Ese historial obliga a leer cada anuncio nuevo con un filtro: el de la ejecución, no el de la presentación.
El precedente del segmento tampoco acompaña. Los hipercoches eléctricos han entregado series contadas: el Rimac Nevera, el Pininfarina Battista o el Lotus Evija se han vendido en decenas, no en miles, y varios han arrastrado retrasos de producción por la complejidad de sus baterías y su aerodinámica activa. Es un negocio de imagen, no de volumen.
Si Tesla cumple el calendario de 2028, tendrá en el mercado el único coche de su catálogo pensado para quien quiere conducir. Si vuelve a mover la fecha, el Roadster engrosará la lista de promesas de Musk que envejecieron mal. El reloj ya corre y la línea de producción sigue sin enseñar nada.
Análisis de Impacto
- Dato de mercado: el segmento de hipercoches eléctricos mueve decenas de unidades al año, pero concentra el valor de marca. Tesla necesita ese halo para sostener el precio del resto de su gama.
- El rumor: nadie ha confirmado precio, potencia ni volumen de producción, y sigue abierta la duda de si el ventilador de succión y los propulsores de SpaceX superarán la homologación europea.
- Veredicto: el Roadster es hoy un ejercicio de posicionamiento, no un producto. Tesla vende futuro desde hace nueve años; el problema es que todavía no ha entregado la primera unidad.

