Tesla va a cesar la producción de los Model S y Model X; ahora, parece que de verdad. Lo decimos con cierta sorna porque no es la primera vez que lo escuchamos, aunque en este caso ha sido el propio mandamás de la firma americana, Elon Musk, quien la ha pronunciado en la presentación de resultados. No obstante, siendo la misma fuente anunció un Model 2 que nunca ha llegado (ni llegará), no vamos a darle el 100 % de credibilidad, de momento.
Bien es cierto que ahora parece una decisión casi obligatoria, visto el notable descenso de ventas que han registrado a nivel mundial, donde, además, el peso de los Model S y Model X es prácticamente residual. Un ejemplo paradigmático lo tenemos en nuestro propio mercado: de las 16.005 matriculaciones de Tesla en 2025, únicamente 32 correspondieron al Model S y apenas 21 al Model X.

De hecho, esta decisión deja ciertamente tocada a la división de vehículos de Tesla, una de sus múltiples líneas de negocio. En el caso del mercado europeo, implica que los Model 3 y Model Y se queden totalmente solos; no así en Estados Unidos y otros mercados, donde sigue pudiendo comprarse ese engendro llamado Cybertruck. Y veremos en qué posición queda el Roadster, probablemente el próximo en caer (por el momento, las reservas siguen abiertas).
Tesla adaptará su factoría a la fabricación de robots
La decisión no ha pillado desprevenido a nadie, pero su alcance es mucho mayor de lo que parece a simple vista. No se trata solo de la retirada progresiva de dos modelos históricos, sino de una redefinición completa de la identidad de Tesla. Elon Musk está impulsando un viraje estratégico que transforma a la compañía de fabricante de coches eléctricos en una empresa de robótica avanzada y sistemas de inteligencia artificial física. Un cambio que, de materializarse como él lo imagina, puede situar a Tesla en un territorio completamente distinto al de la industria automovilística tradicional.
Durante meses, los indicios de que la etapa comercial de los Model S y Model X se acercaba a su final fueron acumulándose. En varios mercados internacionales, Tesla dejó de aceptar nuevos pedidos de ambos modelos sin explicaciones demasiado claras. Para muchos fue una señal inequívoca de que algo estaba cambiando, aunque el verdadero punto de inflexión llegó en la última conferencia con inversores. Allí, Musk lo expresó con un tono casi ceremonioso, sin dramatismo, pero con una contundencia absoluta: era el momento de conceder una “retirada honorable” a dos vehículos que habían sido fundamentales para la historia de la marca.
El contexto financiero tampoco es ajeno a esta transformación. Tesla ha registrado recientemente su primer descenso anual de ingresos, con una caída aproximada del 3 % respecto al ejercicio anterior. No es un desplome, pero sí una señal de advertencia en una empresa acostumbrada a crecer de manera sostenida. Para Musk, este estancamiento confirma la necesidad de ampliar el foco más allá del automóvil y apostar por sectores con un potencial disruptivo mucho mayor.
Y ahí entra en juego la idea central de su discurso: Tesla no debería considerarse una empresa de coches. En su visión, el verdadero valor está en la autonomía, en la inteligencia artificial aplicada al mundo físico y en la robótica. Los vehículos eléctricos serían solo una de las muchas plataformas posibles para desplegar esa tecnología. El siguiente gran salto lo encarna Optimus, el robot humanoide que la compañía presentó como una solución capaz de transformar industrias enteras.

El plan es ambicioso hasta el extremo. Tesla pretende utilizar el espacio de producción que actualmente ocupan los Model S y X en su planta de Fremont, en California, para instalar una nueva línea de fabricación dedicada a Optimus. El objetivo declarado es alcanzar una capacidad de hasta un millón de unidades al año. Una cifra que, de cumplirse, situaría a la empresa en una posición completamente inédita dentro del sector de la robótica industrial y de servicios.
Optimus no se concibe como un simple experimento tecnológico, sino como un producto de gran consumo para entornos industriales, logísticos y, a largo plazo, domésticos. Musk lo presenta como un trabajador incansable, capaz de realizar tareas repetitivas, peligrosas o físicamente exigentes, y como una pieza clave para redefinir la productividad global. En este contexto, los coches dejan de ser el centro del negocio para convertirse en una etapa previa de un proyecto mucho más amplio.
El adiós al Model S y al Model X, por tanto, no es solo una decisión comercial basada en ventas decrecientes. Es un gesto simbólico que marca el final de una era. Aquella en la que Tesla luchaba por demostrar que el coche eléctrico tenía sentido. Ahora, la compañía quiere ir más allá: aspira a liderar una revolución en la que la inteligencia artificial y la robótica transformen la forma en que trabajamos, producimos y vivimos.
El futuro de Tesla ya no se mide únicamente en kilómetros de autonomía o en tiempos de aceleración. Se mide en algoritmos, en robots humanoides y en la capacidad de llevar la inteligencia artificial fuera de la pantalla y convertirla en una presencia física en el mundo real. Y ese cambio, para bien o para mal, redefine por completo lo que entendemos hoy por Tesla.








