Llevamos semanas viendo cómo nada más subirnos al coche tenemos que activar las escobillas del limpiaparabrisas, Y es normal que con el uso continuado sintamos que algo no va bien. La goma arrastra el agua con dificultad, escuchas un ruido molesto o incluso ves que quedan marcas que te impiden ver la carretera con total claridad.
Lo cierto es que las escobillas son un elemento del coche al que casi nadie presta atención hasta que es tarde. Mientras que solemos estar muy pendientes de cuándo toca cambiar el aceite o en qué estado se encuentran los neumáticos, los limpiaparabrisas suelen quedar en un segundo plano de prioridades. Sin embargo, unas escobillas en mal estado son un riesgo para la seguridad.
El problema de esperar a que las escobillas dejen de funcionar por completo

Muchos conductores tienen la costumbre de estirar la vida útil de los componentes del coche hasta el límite. Con las escobillas ocurre algo muy curioso. A diferencia de una bombilla que se funde y deja de dar luz por completo, las escobillas van muriendo poco a poco. Es un desgaste progresivo que hace que te acostumbres a ver peor sin que apenas te des cuenta.
La goma de estos elementos sufre mucho con los cambios de temperatura. En España pasamos de un sol de justicia en verano a heladas intensas en invierno. Ese contraste es el peor enemigo del caucho. El sol quema la goma y la endurece, mientras que el frío extremo puede llegar a cuartearla. Si a esto le sumas la suciedad, el polvo o incluso los excrementos de pájaro que se quedan pegados al cristal, tienes la receta perfecta para que tus limpiaparabrisas dejen de ser eficaces mucho antes de lo que imaginas.
Esperar a que dejen de funcionar por completo es un error que puede salirte caro. Si usas unas escobillas muy deterioradas, incluso corres el riesgo de que la parte metálica o de plástico duro roce contra el cristal. Esto podría provocar arañazos en el parabrisas muy costosos de reparar o que incluso podrían obligarte a cambiar la luna entera del coche. Por lo tanto, aprender a identificar los síntomas de fatiga es la mejor manera de ahorrar dinero y ganar en tranquilidad.
Cuando el cristal se empaña o quedan restos

Uno de los signos más evidentes de que algo va mal sucede justo después de que las escobillas pasan por encima del cristal. Si notas que, tras el barrido, el cristal parece empañado o se queda una especie de película de agua que tarda unos segundos en desaparecer, tienes un problema. Esto ocurre porque la goma ya no tiene la flexibilidad necesaria para adaptarse a la curvatura del parabrisas.
Con el paso del tiempo y la exposición continua a los rayos solares, el material de la escobilla pierde sus propiedades. Se vuelve rígido y duro. Cuando activas el sistema, esa goma endurecida no barre el agua, sino que la desplaza de forma irregular. Esto deja una capa residual que reduce drásticamente tu visibilidad, especialmente cuando conduces de noche y las luces de otros coches reflejan en esos restos de agua.
Si notas este efecto de empañamiento, no sirve de nada intentar limpiar la goma con un trapo. El daño ya es estructural dentro del material. La goma ha perdido su capacidad y ya no volverá a limpiar como el primer día. Es un síntoma temprano pero muy importante que te está avisando de que la vida útil de ese componente ha llegado a su fin.
Otro síntoma muy común que debes vigilar es la aparición de zonas muertas en el parabrisas. Te habrás fijado en que a veces la escobilla limpia bien una parte del cristal, pero deja una mancha o una zona húmeda justo en el medio o en un lateral. Esto pasa porque la goma se ha deformado o ha perdido presión en puntos específicos. Es muy frustrante porque, por mucho que eches líquido limpiaparabrisas, esa zona siempre se queda sucia.
Este desgaste suele ser más pronunciado si vives en zonas donde hay mucha arena o si sueles aparcar el coche bajo los árboles. Los pequeños restos de suciedad se quedan atrapados en la goma y, al moverse, van desgastando el material poco a poco. Si notas que quedan áreas sin limpiar, es el momento de actuar. No es solo una cuestión de limpieza, es una cuestión de que tu ojo necesita una imagen nítida para procesar correctamente las distancias y los obstáculos.
Ruidos y vibraciones extrañas

Seguro que conoces ese sonido tan desagradable que hacen a veces los limpiaparabrisas. Un chirrido o un golpe seco cada vez que cambian de dirección. Estos ruidos no son normales, y son un síntoma inequívoco de que las escobillas están pidiendo un relevo a gritos. Cuando la goma está en buen estado, el movimiento debe ser suave, fluido y prácticamente silencioso.
Si las escobillas dan saltos o vibran mientras se mueven por el cristal, significa que ya no ejercen la presión adecuada. Esto puede deberse a que el brazo del limpiaparabrisas ha perdido fuerza, pero lo más habitual es que sea la propia estructura de la escobilla la que esté cedida o que la goma esté tan seca que ofrezca demasiada resistencia al rozar con el cristal. Esa resistencia es la que provoca que el brazo salte en lugar de deslizarse.
Estas vibraciones son muy molestas para el conductor y pueden llegar a distraerte de la carretera. Además, ese golpeteo constante termina dañando el motor eléctrico que mueve los brazos, lo que supondría una avería mucho más cara que el simple cambio de las gomas. Unas escobillas que saltan no están limpiando bien, solo están aporreando el cristal y dejando restos por todas partes.
Conducir con una buena visibilidad te aporta un confort inmenso. Evitas la fatiga ocular y te permite reaccionar mucho más rápido ante cualquier imprevisto. Cambiar las escobillas es una inversión mínima comparada con el beneficio que obtienes en seguridad. Así que, la próxima vez que subas a tu coche, fíjate bien en cómo trabajan tus limpiaparabrisas. Si detectas alguno de estos síntomas, no lo dejes pasar.








