La estampa del motorista de la Guardia Civil de Tráfico es un icono en nuestras carreteras. Siempre han sido el espejo donde se miraban muchos aspirantes: prestigio, presencia y un servicio fundamental para que todo el mundo llegue sano y salvo a casa.
Sin embargo, algo está cambiando de forma drástica en el seno de la Benemérita. Lo que antes era un destino soñado, hoy se ha convertido en una opción que muchos agentes prefieren evitar. Las plazas para patrullar nuestras carreteras se quedan vacías. ¿Cómo puede esta unidad histórica estar viviendo uno de sus momentos más críticos?
3Una gestión que se apoya solo en el sacrificio
Parece que las instituciones se han acostumbrado a que el trabajo salga adelante simplemente por el sentido del deber de los agentes de la Guardia civil. Se da por hecho que, como son militares y tienen disciplina, van a aguantar lo que les echen. Pero el sacrificio no puede ser la base de una estrategia a largo plazo. No se puede pretender que la seguridad vial de todo un país dependa de que unos hombres y mujeres decidan inmolarse por un sueldo que no les compensa.
En momentos de crisis, como ocurrió durante los meses posteriores a la DANA en 2024, los agentes de tráfico demostraron de lo que son capaces. Se acumularon más de cuarenta mil horas de servicio para auxiliar, rescatar y poner orden en las carreteras destrozadas. Estuvieron allí cuando nadie más podía estar. Pero cuando el foco de la noticia se apaga, las palmaditas en la espalda no sirven de mucho si no vienen acompañadas de mejoras reales en sus condiciones. La respuesta institucional lleva años siendo insuficiente y eso ha provocado que el modelo actual se agote.


