El GMC Syclone de 1991 sale a subasta en Bring a Trailer con 17.700 kilómetros y su V6 turbo de 280 CV intacto. Es un kilometraje insólito para un vehículo que nació con vocación de trabajo y que, sin embargo, se construyó con la única intención de humillar a los deportivos de su tiempo.
Las claves de esta historia
- Lo más importante: el Syclone fue el primer pickup de serie capaz de plantar cara a un deportivo: V6 turbo de 4,3 litros, 280 hp, tracción total y un 0 a 60 mph de 4,3 segundos.
- No te lo puedes perder: el lote se ofrece con el título que expide la Nación Cherokee y con lecturas de espesor de pintura, dos detalles poco habituales que hablan del nivel de documentación del vendedor.
- Cifras y cotización: 2.995 unidades en 1991, único año de producción; 11.000 millas (17.700 km) en el odómetro y una puja abierta en Bring a Trailer sin estimación publicada.
El lote: 17.700 kilómetros y un título poco común
Según la ficha del lote, el camión pasó buena parte de su vida en Washington antes de que el actual propietario lo comprara en 2016, y se ofrece ahora desde Oklahoma con los componentes retirados, documentación surtida y un informe Carfax limpio de accidentes y daños. El odómetro de seis dígitos marca 11.000 millas, de las que unas 1.500 se añadieron bajo la propiedad actual.
El título de propiedad lo expide la Nación Cherokee, una circunstancia frecuente en Oklahoma que no debe inquietar al comprador europeo. La anotación ‘Exempt’ junto al kilometraje tampoco delata irregularidad alguna: es la fórmula que se aplica cuando el vehículo supera la antigüedad en la que la certificación del odómetro deja de ser exigible.
La configuración es la de fábrica. Todos los Syclone salieron en negro, con el paquete aerodinámico a juego y los gráficos rojos en los flancos. Añade cubierta de lona sobre la caja, alfombrillas específicas, llantas de turbina de 16 pulgadas con neumáticos 245/50 Falken Ziex ZE950 A/S montados ya bajo la propiedad actual, suspensión deportiva con amortiguadores Bilstein, dirección asistida y frenos ABS a las cuatro ruedas con discos en el eje delantero.
Dentro, la cabina recurre al terciopelo negro con bordados Syclone en los reposacabezas y ribetes rojos en asientos y paneles de puerta. Los asientos son de ajuste manual y el equipamiento incluye radio Clarion, amplificadores Alpine, altavoces no originales, aire acondicionado, control de crucero y elevalunas y cierres eléctricos. El cuadro combina un velocímetro de 120 mph —193 km/h— con un cuentarrevoluciones de 7.000 rpm que integra el manómetro de sobrepresión del turbo.
Cómo un pickup acabó batiendo a los deportivos
Bajo el capó late un V6 de 4,3 litros sobrealimentado y con intercooler que la fábrica declaró en 280 hp —unos 284 CV— y 350 lb-ft, es decir, 475 Nm. La potencia llega a las cuatro ruedas mediante un automático de cuatro relaciones, una caja de transferencia BorgWarner de acoplamiento permanente y un diferencial trasero autoblocante de 3.42:1. Las cifras que acompañaron al modelo en 1991 hablaban de un 0 a 60 mph —96 km/h— en 4,3 segundos: por entonces muy pocos deportivos europeos igualaban ese registro.
Un pickup que acelera como un deportivo y se conduce como un camión no es una contradicción: es la definición exacta del Syclone.
Más allá de la mecánica, el vendedor no maquilla el estado: el testigo del ABS permanece encendido y hay dos desconchones de pintura en el capó y en el portón, documentados en las fotografías. La galería incluye lecturas de medidor de espesor de pintura, un gesto que distingue al vendedor honesto del que confía en que nadie vaya a mirar.
El Syclone no fue un capricho de marketing. GMC partió del Sonoma de cabina corta, lo rebajó, reforzó la mecánica y recurrió a Production Automotive Services, el pequeño preparador de Troy, en Michigan, para sacar adelante la serie. El resultado fue un vehículo de una sola temporada —2.995 unidades en 1991— al que siguió, ya en 1992, el Typhoon, la versión SUV con la misma receta. Entre ambos convirtieron al pickup americano en objeto de culto mucho antes de que llegaran el F-150 Lightning y sus herederos.
Lo que el mercado del youngtimer americano mira en este Syclone
Bring a Trailer no publica estimaciones: el precio lo decide la puja, y eso obliga al comprador a construir su propio criterio. Aquí hay tres argumentos a favor. El primero es el kilometraje, 11.000 millas para un vehículo de 1991 que se vendió como herramienta de trabajo. El segundo, la documentación: informe Carfax limpio, componentes retirados conservados y lecturas de pintura que permiten comprobar si el negro original sigue intacto. El tercero, una mecánica completa y sin modificaciones de calado.
Hay también objeciones que conviene resolver antes de pujar. El testigo del ABS merece diagnosis: no es lo mismo un sensor que un módulo, y la diferencia de factura no es menor. La caja de transferencia y el estado del turbo exigen historial de mantenimiento, y los altavoces y amplificadores añadidos son la clase de modificación que un purista desmontará el primer fin de semana. Falta saber, además, si el kilometraje del título y el del cuadro cuentan la misma historia.
El Syclone pertenece a esa generación de youngtimers que se revalorizó cuando quienes leyeron las pruebas de 1991 cumplieron cincuenta años. Su rareza es real, su rendimiento sigue sorprendiendo y su estética —negra, baja, sin adornos— ha envejecido mejor que la de casi cualquier pickup de su década. Ahora bien, quien busque un ejemplar de referencia debería mirar más allá del cuentakilómetros: la pátina del uso es aquí un activo, pero solo si está documentada.
Para el aficionado español hay un capítulo adicional. Un vehículo de 1991 ya ha cumplido los treinta y cinco años, de modo que encaja en el régimen de vehículo histórico y puede acogerse al tratamiento aduanero de los objetos de colección si acredita su estado original. La importación exige título americano, factura, documentación de transporte y el correspondiente despacho; la matrícula histórica llega después, con la catalogación previa y una ITV específica. Nada de ello es un obstáculo insalvable, pero conviene sumarlo a la factura antes de decidir.

