Hay elementos del coche que pasan completamente desapercibidos hasta que dejan de funcionar. Ocurre con el aceite de la caja de cambios, con los amortiguadores… y, sobre todo, con el líquido de frenos. Este fluido hidráulico es el encargado de transmitir la fuerza que ejercemos sobre el pedal para detener el vehículo, y sin él el sistema simplemente no respondería. Sin embargo, sigue siendo uno de los grandes olvidados del mantenimiento periódico.
El problema es que no cambiarlo a tiempo no solo afecta a la capacidad de frenada, sino que puede provocar averías costosas en componentes tan sensibles como el ABS. Y aquí es donde entran en juego la seguridad y el dinero: unos frenos en mal estado aumentan la distancia de detención y un módulo ABS dañado puede costar cientos o incluso miles de euros. Cuidar este fluido no es una recomendación menor, sino una cuestión clave.
1Por qué el líquido de frenos es tan importante
El sistema de frenos de un coche moderno funciona mediante un circuito hidráulico. Cuando pisamos el pedal, el líquido transmite esa presión hasta las pinzas o los bombines que presionan las pastillas contra los discos o las zapatas contra los tambores. Esa transmisión debe ser inmediata y constante, algo que solo se consigue con un fluido en perfecto estado.
El gran enemigo del líquido de frenos es la humedad. Se trata de un fluido higroscópico, es decir, que absorbe agua con el paso del tiempo. Esto provoca que su punto de ebullición baje, algo especialmente peligroso en frenadas intensas o prolongadas. Cuando el líquido hierve, aparecen burbujas de vapor que sí se pueden comprimir, lo que se traduce en un pedal esponjoso y una pérdida clara de eficacia.

