Hay gestos cotidianos al volante que hacemos de forma automática, sin pensar, convencidos de que no tienen ninguna consecuencia para el turbo. Arrancar, circular, aparcar y apagar el motor forman parte de una rutina tan interiorizada que rara vez nos detenemos a reflexionar si lo estamos haciendo bien. Sin embargo, algunos de esos hábitos, aparentemente inofensivos, están detrás de averías muy caras que llegan al taller antes de tiempo.
El turbo es un componente clave en la mayoría de los motores modernos, tanto diésel como gasolina. Mecánicos y especialistas coinciden en lo mismo: existe un hábito diario, muy extendido entre los conductores, que está acortando de forma dramática la vida del turbo y provocando reparaciones que pueden superar fácilmente los 1.500 euros.
5Cómo adaptar tu conducción para alargar su vida
Cuidar el turbo no requiere conocimientos técnicos avanzados, solo algunos cambios de hábito. El primero es respetar los tiempos: dejar que el motor se caliente antes de exigirle y permitir que se enfríe antes de apagarlo. Son gestos sencillos que apenas suponen un esfuerzo.
Conducir de forma progresiva, evitando acelerones innecesarios, también reduce la carga sobre el turbo. No se trata de conducir despacio, sino de hacerlo con suavidad y sentido común. Un estilo de conducción más fluido no solo protege el turbo, sino que también reduce el consumo y las emisiones.








