BMW recurre al hidrógeno para descarbonizar sus fábricas alemanas antes de que llegue a los coches

BMW conectará su planta de Leipzig a la red pública de hidrógeno con una tubería de dos kilómetros que estará lista en el primer semestre de 2028. El objetivo es descarbonizar la pintura, el proceso que más gas natural consume en la factoría.

BMW conecta su fábrica de Leipzig a la red pública de hidrógeno: dos kilómetros de tubería que estarán listos en 2028.

El proyecto, cuyas obras ya han arrancado, convertirá a la planta alemana en la primera fábrica de automóviles del mundo con enganche directo a una red pública de hidrógeno. La compañía espera tener la conducción operativa en el primer semestre de 2028, según la información publicada por el propio fabricante. La tubería es corta en distancia y enorme en significado: en lugar de alimentar coches, alimentará hornos.

Qué hará exactamente esa tubería de dos kilómetros

La pintura concentra el mayor gasto energético de la planta. Los hornos de alta temperatura son, con diferencia, el punto donde una fábrica de coches consume más gas natural, porque alcanzar y mantener esas temperaturas con electricidad sigue siendo caro y técnicamente complicado. Con la nueva conexión, BMW podrá sustituir de forma progresiva el gas por hidrógeno industrial en los procesos que más cuesta descarbonizar.

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No es un experimento improvisado. Leipzig lleva más de una década probando el hidrógeno en su logística interna: desde 2013 opera carretillas elevadoras y tractores de arrastre con pila de combustible, una flota que ya supera los 230 vehículos y que es la mayor de su tipo en Europa. En 2022 llegaron además los primeros hornos de pintura capaces de alternar entre gas natural e hidrógeno, en función de lo que hubiera disponible en cada momento.

La dirección de la planta lo enmarca en términos de resiliencia energética: la conducción permitirá alimentar la pintura con hidrógeno en una proporción muy superior a la actual y reducir la dependencia de un único combustible. Dicho de otro modo, la fábrica no apuesta por el hidrógeno solo por emisiones, sino también por seguridad de suministro.

La paradoja es evidente: el hidrógeno llega antes a los hornos de una fábrica de coches que a los surtidores donde repostan esos mismos coches.

El movimiento se entiende mejor mirando el mapa. Las autoridades alemanas llevan años impulsando una red de hidrógeno como parte de su estrategia de descarbonización industrial, y buena parte de la inversión europea en combustibles alternativos no apunta a los turismos, sino a los procesos que exigen calor extremo: acero, química, cerámica y fabricación. Son actividades difíciles de electrificar, y ahí el hidrógeno como vector energético compite de igual a igual con el gas.

El hidrógeno industrial corre más rápido que el coche de hidrógeno

hidrógeno industrial

BMW mantiene abierta la otra vía. La compañía sigue desarrollando vehículos de pila de combustible, con la flota de demostración iX5 Hydrogen como escaparate, aunque reconoce que su adopción masiva depende de algo que no controla: la red de repostaje. Sin surtidores no hay coches, y sin coches nadie invierte en surtidores. Ese círculo vicioso explica por qué el hidrógeno avanza antes en la industria que en la carretera.

El contraste con Estados Unidos es revelador. Allí los proyectos de producción y transporte de hidrógeno crecen al calor de los programas federales de apoyo, articulados en torno a polos regionales, pero el país sigue sin una red nacional de tuberías. La mayor parte del hidrógeno se mueve en camión o por conducciones cortas que sirven a clientes industriales concentrados en la costa del Golfo. Alemania, en cambio, está tendiendo una malla pública a la que cualquier planta puede engancharse. Esa diferencia de infraestructura decide qué fábricas se descarbonizan antes.

Por qué esto importa a la industria española

España tiene motivos para mirar el caso de Leipzig con atención. Las plantas de automoción asentadas en el país, de Zaragoza a Martorell, de Valencia a Vigo, comparten el mismo cuello de botella: talleres de pintura alimentados con gas y una electrificación completa que hoy no resulta viable a esas temperaturas. Si en Alemania se demuestra que el gas se puede sustituir en un proceso real, la receta se replicará más pronto que tarde.

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El país parte además con una posición razonable en la futura red europea de hidrógeno: los corredores que se diseñan para conectar la península ibérica con el resto del continente pasan por territorio español, y la capacidad renovable instalada es un argumento sólido para producirlo a precio competitivo. Ahora bien, una cosa es fabricarlo y otra tener dónde consumirlo. Sin clientes industriales conectados, la infraestructura se queda a medias.

El hidrógeno industrial avanza, por tanto, con un calendario más corto que el del coche. La tubería de Leipzig estará operativa en el primer semestre de 2028 y, a partir de ahí, el sector tendrá un caso medible: cuánto gas natural ahorra una fábrica de automóviles cuando puede elegir combustible en su proceso más exigente. Ese dato pesará más que cualquier folleto sobre movilidad sostenible.

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