Conducir en invierno impone respeto, pero hacerlo sobre hielo directamente da miedo. Basta una noche de heladas para que una carretera aparentemente normal se convierta en una pista traicionera donde cualquier error se paga caro. Muchos conductores, incluso con años de experiencia, reconocen que no saben cómo reaccionar cuando el coche empieza a deslizarse o cuando el pedal del freno deja de responder como esperan.
María tiene 39 años y es profesora de autoescuela desde hace más de una década. Ha visto de todo: alumnos nerviosos, conductores veteranos que desaprenden con los años y errores que se repiten una y otra vez cuando aparece el hielo. Su mensaje es claro y directo: el problema no es tanto el hielo en sí, sino cómo frenamos sobre él. Y la buena noticia es que, si se hace bien, el riesgo se reduce muchísimo.
1Por qué el hielo es tan peligroso al frenar
El hielo reduce la adherencia de los neumáticos de forma drástica. A diferencia del asfalto seco o incluso mojado, la rueda apenas “muerde” la superficie, lo que provoca que el coche se deslice con mucha facilidad. En estas condiciones, cualquier frenazo brusco multiplica el riesgo de perder el control.
María explica que muchos conductores no adaptan su conducción porque no siempre ven el hielo. Las zonas de sombra, los puentes o los tramos cercanos a ríos suelen esconder placas invisibles, especialmente a primera hora de la mañana. El problema llega cuando se frena como si la carretera estuviera seca: ahí es cuando el coche se va recto y aparecen los sustos.


