viernes, 9 diciembre 2022

La F-1, consternada por la muerte de Bianchi

Desde 1994, tras la muerte de Ayrton Senna y Roland Ratzenberger en el circuito de Imola, la Fórmula 1 no había vivido una muerte en un gran premio. Pero el pasado fin de semana, nueve meses después de su accidente en el Gran Premio de Japón de 2014, Jules Bianchi, el piloto de Marussia fallecía. Se acababa así, un largo periodo sin víctimas mortales en la máxima categoría del automovilismo. Y también se ponía punto y final, de la manera más abrupta, a la carrera de uno de los pilotos jóvenes con más talento. 

Porque Bianchi fue el primer piloto de la Ferrari Driver Academy, la cantera de jóvenes aspirantes de la Scuderia. Y tal vez por eso, además de por su inmenso talento, su carrera estaba siendo mimada por los responsables del Cavallino, y tal vez el año que viene podría haber acompañado a Sebastian Vettel en lugar de hablarse de Bottas como posible compañero del alemán.

Fin a una 'tortura diaria'

Pero todo eso ya es historia, pues la muerte del francés ha puesto fin a esa carrrera y también a la tortura diaria en la que en la que vivían los suyos. Una vida que en los últimos meses era «más terrible que si se hubiera muerto, porque no podemos ayudarle más allá de lo que está en nuestras manos» expresaron sus familiares. Fue duro escuchar hace unos días el hondo grito de dolor de su padre y una familia que ha mantenido tan serena dignidad y discreción ante la tragedia. Porque nadie merece semejante castigo cuando sabe que su ser querido no tendrá ya posibilidades de recuperación.

En realidad ya fue un milagro que el piloto de Marussia no falleciera instantaneamente en el lugar del accidente. Las pruebas del arco de seguridad de un monoplaza deben soportar durante diez segundos una plancha con cargas verticales de nueve toneladas, laterales de cinco y frontales de seis. Una resistencia que no sirvió de nada, pues el arco del Marussia fue arrancado de cuajo al meterse debajo de esa maldita grúa, lo que demuestra la violencia del choque. El casco de Bianchi estaba en mitad del camino, otro indicador de que sobrevivir a aquello sería un milagro.

Pese a ello, el carácter indomable de Bianchi le hizo luchar como un jabato para lograrlo durante nueve meses. No en vano, su trayectoria es el reflejo de una pasión por las carreras que le venía de familia; así como también le venía de familia la tragedia. El abuelo de Jules también compitió en Fórmula 1, donde logró un tercer puesto en el G.P. de Mónaco de 1968 como mejor resultado. Ese mismo año ganó las 24 Horas de Le Mans, pero falleció en los entrenamientos de la misma carrera el año siguiente.

Un palmarés incompleto

Por eso, Jules sabía dónde se metía cuando decidió dedicarse al automovilismo. Su palmarés era brillante, aunque no llegó a convertir su talento en todos los títulos por los que podría haber luchado. En Mónaco fue donde consiguió, en 2014, su mejor resultado en Fórmula 1 y los primeros puntos para Marussia. Antes fue campeón de las World Series en 2012, aunque se dejó arrebatar el título en la última carrera ante Robin Frinjs. Perdió frente a Adrian Sutil el mano a mano invernal para correr en Force India en 2013. Pero encontró acomodo en Marussia.

Y a Marussia le 'regaló' los únicos puntos que han logrado los tres últimos equipos que llegaron a la Fórmula 1 en 2010. Y que Manor esté hoy vivo como equipo se debe en parte a aquel brillante fin de semana de 2014. Porque Bianchi estuvo inmenso tanto el sábado como el domingo. 

«Escuchar y leer tantos mensajes nos hizo darnos cuenta de lo mucho que Jules había tocado los corazones y mentes de tanta gente en el mundo», declaraba su familia en el comunicado que anunciaba su fallecimiento. «El dolor es inmenso e indescriptible», añadía. El mundo de la Fórmula 1 ha parado los motores, pero en el G.P. de Hungría todos volverán a correr por Jules.