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El vehículo eléctrico más avanzado surca el Sistema Solar a 36.799 km/h rumbo a Marte, donde a partir de agosto llevará a cabo investigaciones para determinar si allí hubo vida alguna vez y preparar misiones con astronautas. Entre las peculiaridades del Curiosity, dotado de tracción 6x6 y que pesa lo que un Fiat Panda, destaca su generador de radioisótopos de plutonio; o, dicho de otro modo, su ‘batería nuclear’.
Tres, dos, uno... ignición. El pasado 26 de noviembre, desde Cabo Cañaveral, el vehículo de lanzamiento Atlas V 541 tomaba altura rápidamente impulsado por sus cuatro cohetes laterales y su motor central, que sólo en los primeros 4 minutos y 20 segundos de trayecto consumía 284.000 kilos de combustible. Era el principio de un viaje de 255 días en el que la mayoría, 210, corresponderán a la ‘fase de crucero’ –en la que se halla ahora, avanzando 10,2 kilómetros por segundo– y 45 a la aproximación a Marte, planeta con un diámetro de 6.780 kilómetros –el de La Tierra mide 12.742– y que dista del Sol entre 206 y 249 millones de kilómetros, frente a los 149 millones que, de media, nos separan a nosotros del astro rey. Al ser menos denso y más pequeño, su masa es la décima parte que la de nuestro planeta, y la gravedad es un 38 por ciento de la terrestre. A diferencia de La Luna, que carece de atmósfera, en Marte sí hay, pero es tenue y está formada por un 95,3 por ciento de dióxido de carbono, un 2,7 de nitrógeno y un 1,6 de argón. Mal sitio para instalar la tienda de campaña, porque su desértica superficie puede ser barrida por vientos de 145 km/h, origen de tormentas de arena que duran semanas y ocultan casi por completo el Sol. Y todo con una temperatura que alcanza los 128 grados bajo cero en la llamada ‘noche polar’, aunque en su ecuador, y coincidiendo con el punto de la órbita más próximo al Sol, hay temperaturas diurnas propias de las Islas Canarias: 27 grados. Y que tomen nota los amantes del ‘trekking’ y la escalada: el Monte Olimpo tiene su cumbre a 26 kilómetros de altura y en este planeta encontramos un impresionante cañón, el Valle Marineris, que mide 4.000 kilómetros y tiene entre 5 y 10 kilómetros de profundidad.
Un escenario nada hospitalario pero que sigue fascinando a los investigadores, quienes han detectado señales claras de la presencia de agua en su superficie en un pasado remoto. Y agua puede significar vida. Es improbable que el líquido elemento esté a la vista, pero es factible que se acumule en sus profundidades, y ya se estudian futuras misiones en las que se perforaría el subsuelo en busca de vida microbiana, como los organismos extremófilos que el proyecto IPBSL del Centro de Astrobilogía español intuye en las entrañas de Río Tinto, en Huelva.
La misión Mars Science Laboratory, que tiene como protagonista al ‘rover’ Curiosity –algunos prefieren hablar de ‘astromóvil’–, se ocupará sólo de la superficie marciana y, como mucho, de los primeros 50 centímetros de subsuelo, pues uno de los diez equipos científicos del vehículo –el DAN, desarrollado por la Agencia Espacial Rusa como parte de su colaboración con la NASA– es capaz de hallar cualquier rastro de hidrógeno bajo las ruedas.
La contribución internacional a la misión no termina ahí, pues España, por ejemplo, aporta el REMS (Rover Environmental Monitoring Station), que es la estación meteorológica del Curiosity, capaz de medir velocidad y dirección del viento, temperatura del aire y del suelo, humedad relativa y radiación ultravioleta, datos clave para decidir si en el futuro será posible habitar el planeta. Entre ingenieros y científicos, nuestro país ha dedicado al proyecto unas 40 personas, pertenecientes, entre otros, al Centro de Astrobiología de Madrid, el Centro Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto Nacional de Técnica Aerospacial.
La historia de los ‘rovers’ de la NASA no arranca en Marte, donde el primer automóvil con ruedas fue usado en 1997 –el Sojourner, poco más grande que un coche teledirigido de juguete–, sino que debemos retroceder hasta 1971, cuando la misión Apolo 15 transportó el primer vehículo explorador lunar LRV, desarrollado por Boeing y Delco Electronics, una filial de GM. Se trataba de un biplaza de 3,10 metros de longitud y 1,80 de anchura que pesaba 621 kilos y podía alcanzar 14 km/h, aunque la velocidad habitual rondaba los 3 km/h. Se trataba de un todoterreno en toda regla, con 35 centímetros de altura libre al suelo, suspensión por barras de torsión y amortiguadores, ruedas a base de malla de acero y u n sistema de tracción total avanzado: cada rueda tenía su motor eléctrico –más dos baterías y una de reserva–, y en caso de avería era posible circular a baja velocidad con dos ruedas motrices. Las misiones Apolo 16 y Apolo 17 –ambas en 1972– contaron también con su LRV, y en total los tres vehículos lunares –que hoy siguen ‘aparcados’ a la vista de los más potentes telescopios– recorrieron 90,8 kilómetros de nuestro satélite. Podían haber sido más de 500, pues las baterías de cada LRV tenían una autonomía de 180 kilómetros, pero los astronautas nunca se alejaban más de 9 kilómetros de la base para evitar largas caminatas en caso de avería.
Hoy, la prioridad es el Planeta Rojo. Será a comienzos de agosto cuando el Curiosity tome tierra allí tras una minuciosa maniobra de aterrizaje, diferente a la usada en Sojourner, Spirit y Opportunity, los tres ‘astromóviles’ vistos por Marte hasta ahora. Porque estos tocaban suelo protegidos por un enorme airbag que se hinchaba sólo 8 segundos antes del impacto contra la superficie, al que seguían botes y más botes que hacían imposible calcular el punto exacto de detención. El Sojourner, por ejemplo, rebotó 15 veces durante dos minutos y medio, y acabó a un kilómetro del punto de contacto, mientras que el Opportunity, protegido por su airbag, botó 26 veces hasta caer en un cráter de 20 metros de diámetro: «el mejor 'hoyo de saque' en la historia del golf», afirmaron entonces los responsables de la NASA.
En cambio, para el Curiosity se ha preparado un ‘amartizaje’ más tranquilo –ver cuadro en página anterior–, con un módulo, frenado por un paracaídas y ocho cohetes, del que se descolgará el vehículo mediante cables de nylon. En las pruebas efectuadas antes del lanzamiento todo funcionó bien, pero la cambiante atmósfera marciana podría deparar sorpresas.
Como la que alargó de manera espectacular la vida útil de Spirit y Opportunity, concebidos para 90 ‘soles’ pero que aguantaron años –el segundo de ellos aún funciona– ya que las fuertes rachas de viento limpiaban sus paneles solares, y eso permitía una recarga de sus baterías mejor de la calculada.
El Curiosity es mucho más grande que sus antecesores –pesa 899 kilos–, pero emplea una tecnología inspirada en ellos, con las variaciones lógicas por el tamaño –las ruedas, con llanta de aluminio, son de 20 pulgadas, el doble que en Spirit y Opportunity– y el instrumental embarcado, distribuido para conseguir un reparto idóneo de masas. Cada una de las seis ruedas tracciona porque tiene su propio motor, y tanto las ruedas delanteras como las traseras pueden girar de forma independiente, lo que le permite girar sobre sí mismo. Además, su curiosa suspensión hace que todas las ruedas permanezcan en contacto con el suelo hasta en los terrenos más abruptos.
Por superficies duras y planas su velocidad punta es de cuatro centímetros por segundo –0,144 km/h–, pero la NASA estima que el promedio no alcanzará ni la mitad, pues en las 98 semanas que durará la misión –un año marciano, equivalente a 1,88 años terrestres– bastará con recorrer 20 kilómetros para estudiar diversos puntos del cráter Gale, zona elegida tras cinco años en los que 150 científicos analizaron 60 posibles destinos. Gale es una depresión de 154 kilómetros de diámetro con suelos que podrían haber estado cubiertos de agua en el pasado, y cuyos montes centrales de 5.000 metros de altura, con pendientes suaves, no serán visitadas por el Curiosity en la primera misión. Sin embargo, su generador de radioisótopos de plutonio –en realidad, una ‘batería nuclear’ de 45 kilos– conectado a baterías ion-litio está pensado para una vida útil superior a 14 años, lo que abre la puerta a una larga y fructífera investigación.
Y para finalizar, el precio: la misión completa costará 2.500 millones de dólares, unos 1.920 millones de euros. Un presupuesto enorme, sin duda, si consideramos el viaje una mera ‘excursión’ todoterreno.








