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Ninguno de nuestros protagonistas ocupa los primeros puestos del ranking de ventas en el segmento de los utilitarios. Sin embargo, cualidades no les faltan a ninguno de estos pequeños nipones, que marcan distancias frente a modelos más comunes con una estética menos vista y con detalles que, cada uno a su estilo, les permiten ser diferentes y exclusivos. En este caso hemos comparado las versiones de gasolina más potentes, idóneas cuando los kilometrajes anuales no son enormes y cuando el usuario no quiere renunciar a un correcto rendimiento.
En el pasado año 2010 se matricularon en nuestro país 1.625 Mazda2 y 9.426 Toyota Yaris; unas cifras que, sumadas, superan por poco la cuarta parte de las 39.905 unidades del Seat Ibiza vendidas, y que le sirvieron al coche español para situarse como líder de su categoría. Esa limitada cantidad de Mazda2 y Yaris matriculados sirven para dar un toque de exclusividad a estos pequeños utilitarios, aunque sólo sea por estar menos vistos que sus rivales europeos. Y si a eso le sumamos que cuentan con un diseño muy personal, entendemos que una parte del público pueda decantarse por alguno de ellos.

A nivel estético existen entre ellos notables diferencias, pues mientras que el Mazda2 se decanta por un carrocería de corte más tradicional –pero con una marcada deportividad tras su reciente renovación, sobre todo con el acabado Sportive–, el Toyota Yaris presenta líneas más abombadas y con un ligero aire de monovolumen a escala, sensación que se incrementa cuando comprobamos que mide 153 centímetros de altura, 6 más que el Mazda2.


Esta diferencia de estatura juega a favor del Yaris a la hora de acceder a su interior. Además, su puesto de conducción está más elevado, y muchas personas agradecerán la visibilidad extra que eso otorga, por ejemplo, en el tráfico urbano. Además, su volante cuenta con regulación en profundidad y altura, aunque el suelo presenta un incómodo tacón tras el pedal del acelerador –como un escaloncito que estorba– y los asientos delanteros no recogen la espalda en su parte superior. Si seguimos hablando de las butacas, el Mazda2 no sale mucho mejor parado, pues el mullido elegido es demasiado blando, aunque sujetan mejor el cuerpo. Y aunque carece de ajuste de volante en profundidad –sólo se regula en altura–, la posición al volante es realmente buena. A ello también contribuyen el tamaño y la disposición lógica de sus mandos, la ubicación del cambio o los mandos en el volante de la radio y el control de velocidad –de serie e iluminados–, mientras que los sensores de lluvia y luces simplifican la vida a bordo. Por contra, accionar los limpiaparabrisas o encender las luces corre por cuenta del conductor en el caso del Yaris, que carece de esos sensores en el equipo de serie.


No obstante, el modelo de Toyota se desmarca con su instrumentación en posición central, innumerables huecos con tapa para depositar pequeños objetos y, sobre todo, con una banqueta trasera de dos piezas asimétricas –60:40– que se desplaza longitudinalmente hasta 16 centímetros, y cuyos respaldos se pueden reclinar, operaciones que se realizan fácilmente desde un mando en su respaldo. Gracias a ello permite variar el espacio para los pasajeros traseros, que es algo más holgado que en el Mazda2, cuyo asiento posterior sólo cuenta con el típico respaldo abatible de forma asimétrica. Aun así, tanto uno como otro ofrecen una segunda fila que, por anchura, parece pensada para tres niños o dos adultos.


Sin embargo, pese a no alcanzar ninguno de ellos una cota de longitud exterior tan habitual ya en el segmento como los cuatro metros –el Mazda2 mide 3,92 metros y el Yaris sólo 3,78–, sí presentan unos maleteros acordes con sus rivales directos, pues el Mazda cubica un mínimo de 250 litros, mientras que el del Yaris oscila entre 272 y 363, en función de la posición del asiento trasero. Ambos se pueden ampliar –pero sin dejar un piso plano– y ofrecen rueda de repuesto de emergencia.


Y puestos a calificar sus acabados, decir que tanto en el Yaris como en el Mazda2 todos los plásticos son rígidos –no hay revestimientos mullidos–, aunque sus tactos son muy buenos, y transmiten solidez y durabilidad.
Segmentos del mercado como el de los compactos, las berlinas o los vehículos SUV se han rendido a los motores diésel, pero el segmento de los utilitarios aún resiste las ‘embestidas’ del gasóleo gracias a que estos pequeños vehículos tienen un peso mas reducido, a que el cliente tipo no busca un vehículo muy prestacional para afrontar largos viajes y, sobre todo, a que ahora cuentan con sofisticados propulsores de baja cilindrada que ofrecen unos reducidos consumos y unos rendimientos más que aceptables. Además, en el caso del Yaris 1.33 nos ahorramos 1.200 euros respecto al diésel D-4D de 90 CV, mientras que si quisiéramos el Mazda2 CRTD de 90 CV habría que sumar 2.200 euros al precio de la versión 1.5 probada; desembolsos importantes en unos vehículos de precios contenidos. Además, la diferencia de gasto entre gasolina y diésel no es, a priori, determinante: 1,0 l/100 km menos gasta el Yaris D-4D que el de gasolina, y 1,6 menos el Mazda2 1.6 CRTD que su ‘hermano’ aquí probado.

Por todo ello, tanto el 1.5 VVT del Mazda2 como el 1.33 VVT-i parecen opciones recomendables para el enfoque de estos utilitarios. Ambos cuentan con distribución variable y huyen del turbo que ya empieza a proliferar en los modernos motores que apuestan por el ‘downsizing’ –baja cilindrada pero con sobrealimentación–. Y el resultado son potencias sorprendentes, como demuestran los 102 CV del Mazda o los 99 del Toyota. Pero prescindir del turbocompresor condiciona el funcionamiento en ambos, pues los dos motores exigen regímenes de giro por encima de las 4.000 rpm para salir airosos de los adelantamientos o al incorporarnos a una autovía transitada. Las cifras de aceleración y recuperación son algo modestas en ambos, aunque el Mazda es un poco más ágil y ha mejorado algunas de las cifras oficiales. Además, en el caso del Yaris sus seis velocidades con largos desarrollos rebajan el consumo, pero obliga a tener que reducir constantemente una marcha cuando afrontamos un pequeño repecho, y no digamos al recuperar velocidad. En el Mazda2 esto no ocurre, pues su cambio de cinco marchas, perfecto por tacto, tiene desarrollos más cortos. Ventajas: que el motor siempre va más alegre y no debemos reducir de marcha con tanta frecuencia. Defectos: que el consumo a 120 km/h ha sido de 7,2 l/100 km, mientras que a 140 km/h reales se ha ido hasta 9,6 l/100 km. Cifras que superan con creces las homologadas, pero también los 6,3 y 7,8 l/100 km que, respectivamente, necesitó el Yaris en esas mismas situaciones.

Y es que ambos fabricantes parecen haber casado su propulsor con la personalidad de cada uno de estos utilitarios. Porque el motor del Yaris, más tranquilo, va ligado a un chasis más noble y que busca el confort en todo momento, volviéndose un aliado vital a la hora de afrontar viajes por autovía o al pasar sobre los molestos badenes urbanos. Además, su ESP opcional –viene asociado a otros elementos– no se puede desconectar, lo que podría ser un inconveniente si un día tenemos que circular con el firme helado o nevado. En este sentido, el Mazda2 supera al Yaris, pues el ESP es de serie... y desconectable. Además, su chasis –el de la anterior generación del Ford Fiesta– es excelente y cuenta con una precisa dirección, y ofrece una dinámica de primera, que enamorará a los que busquen un enfoque más dinámico. Pero también es más seco sobre firme irregular, ya que emplea neumáticos 195/45 R16 en las versiones Sportive. Ambos, por cierto, cuentan de serie con tambores traseros –aunque si pedimos ESP en el Yaris se sustituyen por discos de freno–, y ambos, además, presumen de distancias de frenado muy buenas.
Al circular por ciudad, el Yaris recupera parte del terreno cedido, pues al ser más compacto ofrece una agilidad asombrosa, también gracias a una dirección muy suave. Su sistema ‘Start/Stop’ funciona realmente bien y se convierte en un aliado vital para rebajar el consumo, pues durante nuestro recorrido urbano, el 23 por ciento del tiempo el propulsor permanecía apagado, lo que se tradujo en un consumo real de 6,4 l/100 km.


Pero el Mazda2 no se queda atrás, ya que tiene un poquito más de cilindrada, algo más de par motor –13,6 mkg frente a 13,0– y unos cortos desarrollos –nos permite circular por ciudad en quinta con total naturalidad–, lo que dio como resultado un consumo más bajo al homologado por la propia Mazda.


Tanto el Mazda2 como el Yaris probados contaban con el equipamiento más completo: Sportive en el primero y Connect en el segundo. Hay otros acabados inferiores que permiten ahorrar algo de dinero, pero con las terminaciones analizadas ambos casi igualan sus tarifas finales, que son de 15.000 euros exactos en el caso del Mazda2 y de 14.950 en el Yaris.
Gracias al sistema ‘Start/Stop’, el Yaris anuncia unas emisiones de 120 g/km de CO2, lo que le libra de pagar impuesto de matriculación, algo que no ocurre en el Mazda2, que soporta un 4,75 por ciento de tasa. Aún así, la diferencia de precio es mínima, pues sin duda hay que pagar el sistema de ahorro de carburante que lleva el Toyota.
Los dos tienen equipamientos muy completos, y mientras el de Hiroshima –localidad japonesa donde se fabrican los Mazda– se decanta por ofrecer de serie el sensor de lluvia y luces, el control de velocidad de crucero o el ESP, el Yaris apuesta por un equipo de radio con navegador TomTom integrado –que requiere algo de adaptación– o por su funcional banqueta trasera, que realmente da mucho juego. Sin embargo, no puede equipar sensores de lluvia ni de luces, y tampoco control de velocidad, mientras que los elevalunas traseros y diferentes sistemas de seguridad como el ESP, los discos de freno traseros o los airbag de cortina y rodilla para el conductor –es uno de los pocos utilitarios que ofrece la bolsa de protección de piernas– figuran en un paquete que cuesta 900 euros.








