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Nada de ayudas electrónicas, ni elementos de confort, ni de seguridad... Sólo un peso pluma de 575 kilos, un chasis mejorado y motores de hasta 200 CV para disfrutar de unas sensaciones al volante más propias del mundo de la competición. Así es la nueva gama Caterham Super 7.
Colin Chapman estaría muy orgulloso. 53 años después de que creara el Lotus 7 este mítico modelo mantiene la esencia y la filosofía para lo que fue creado: disfrutar de unas sensaciones al volante prácticamente de un vehículo de competición.
En 1973 este modelo pasó a manos de Caterham y ahora inicia una nueva etapa con el fin de aumentar su presencia fuera del mercado británico, su verdadero y casi único caladero.
El primer paso ha sido importante, ya que este vehículo ha recibido una serie de mejoras encaminadas a cumplir con la homologación europea, hasta ahora uno de su principales inconvenientes.
De la mano de Alcatrade, importador para España, espera vender unas 30 unidades anuales, cifra muy lejana de las 500 que se comercializan en Gran Bretaña, donde se monta artesanalmente e, incluso, se puede encargar y el propietario lo puede montar en su propio garaje.
La gama Caterham Seven ha recibido importantes mejoras que salpican tanto a la aerodinámica como, sobre todo, a los grupos propulsores. Ahora cuenta con motorizaciones Ford (antes Rover) y tres niveles de potencia.
Comienza por un 1.6 de 120 caballos, le sigue un 2.0 Duratec de 175 CV y culmina con un 2.3 Cosworth de 200 caballos.
En cuanto al chasis, mantiene el estándar, pero se puede optar por una versión SV que aumenta el espacio del habitáculo, perdón cockpit, en casi 15 centímetros de ancho y 10 de largo para una situación algo más desahogada.
Por último, comentar que además se puede elegir entre dos tipos de suspensión, la básica, con un eje trasero De Dion, y la más sofisticada, independiente detrás y tipo F-1 delante, ya que se encuentra en el interior del chasis.
Llega el momento más esperado. Nos sentamos, que no acomodamos, al volante y nos abrochamos el cinturón de cuatro puntos. Arrancamos y nos encontramos con la conducción en estado puro. No existe tecnología ni electrónica de apoyo. Es como regresar a un pasado ya lejano. Nada de frenos ABS, ASR, ESP, ni servodirección... sólo en opción podemos disponeer de un diferencial de deslizamiento limitado.
Las sensaciones se multiplican porque es como si estuviéramos al volante de un vehículo de competición. Ya con el motor más humilde de 120 caballos la aceleración es sobresaliente, aspecto que beneficia ser un verdadero peso pluma (tan sólo 575 kilos).
Vamos cogiendo confianza y cuando nos queremos dar cuenta estamos apurando marchas (caja manual de cinco velocidades y seis el más potente) y casi sin querer vamos de lado en las curvas, pero con una gran sensación de control a pesar de sus reacciones vivas y nerviosas. De todas formas este vehículo no te lleva, hay que pilotarlo, sobre todo como el asfalto esté algo deslizante, pues el trompo estará a la vuelta de la esquina.
Cambiamos de montura. El 2.3 de 200 CV es un cohete, pero el dos litros de 175 CV nos parece el más equilibrado. Si tenemos que elegir uno nos quedamos con este último. Corre como un demonio y la sensación de velocidad ahí ‘abajo’ aumenta. Por eso si queremos ir rápido mejor no desmontar las puertas porque el aire molesta mucho en el interior.
Nos bajamos empapados de sudor pero felices porque hacía mucho tiempo que no disfrutábamos tanto, pero en circuito cerrado eso sí.
Con tráfico abierto el Caterham Super 7 está ahora homologado de fábrica, pero los paseos no prometen ser tan apasionantes. Lo mejor, ir hasta el circuito y allí descargar adrenalina...




